Resumen de Retrato en sepia (Isabel Allende)


Autobiografía de Aurora del Valle, la protagonista y narradora de una novela histórica ambientada a finales del siglo XIX en Chile. Criada por su ambiciosa abuela, Paulina del Valle, crece en un ambiente privilegiado, pero atormentada por horribles pesadillas. Y cuando debe afrontar la traición del hombre que ama, la soledad y las pesadillas, decide explorar el misterio de su pasado.

La historia se divide en tres partes:

Parte I – de 1862-1880. Antes y hasta el día del nacimiento de Aurora. Ambientada primordialmente en la ciudad de San Francisco

Parte II – de 1880-1896. Infancia y adolescencia de Aurora. Ambientada en Chile

Parte III – de 1896-1910. Adultez, vida de casada y separada. Ambientada en Chile.

Parte I (1862-1880)

Aurora del Valle vino al mundo un martes de otoño de 1880, bajo el techo de sus abuelos maternos, en el barrio chino de San Francisco. La narradora nos lleva a conocer los secretos de sus abuelos maternos y paternos, las circunstancias en que se conocieron tanto ellos como sus padres y el momento de su nacimiento. Para comenzar con la narración toma la fecha de 1862 con la historia de un mueble de proporciones inverosímiles. La cama de madera policromada, cuya cabecera preside el dios Neptuno rodeado de olas espumantes y criaturas submarinas bajo relieve, fue encargada por Paulina del Valle, su abuela paterna, desde Florencia. El capitán John Sommers, padre de Eliza Sommers, abuela materna de Aurora, le tocó recibir el cargamento y trasladarlo hasta la residencia de Paulina del Valle.

En esa época la familia vivía en San Francisco bajo un apellido cambiado –Cross- porque ningún norteamericano podía pronunciar el sonoro Rodríguez de Santa Cruz y del Valle. Acababan de trasladarse al barrio de Nob Hill, donde construyeron una enrome mansión, entre las más opulentas de la ciudad. La familia hizo su fortuna gracias al magnífico instinto empresarial de Paulina del Valle, mujer de Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, a quien se le ocurrió transportar productos frescos desde Chile hasta California sentados en un lecho de hielo antártico. La iniciativa prosperó y llegaron a tener una flotilla de barcos navegando entre Valparaíso y San Francisco que intercambiaba productos. Así arruinaron a varios agricultores chilenos, incluso al padre de Paulina, el temible Agustín del Valle, a quien se le pudrieron los kilos de harina en sus bodegas porque no podía competir contra la harina yanqui. Paulina provenía de una familia de hacendados chilenos ultra conservadores y estrechos de criterio; fue criada en Valparaíso, rezando el rosario y bordando, aunque esta educación siempre la rechazó. Escasamente dominaba la escritura y la aritmética, sumaba con los dedos y nunca restaba, pero tenía un instinto empresarial que transformaba todo lo que tocaba en fortuna.

En 1862, Paulina lanzó a su marido en la empresa comercial ligada al ferrocarril transcontinental que los hizo definitivamente ricos, pues había detectado la oportunidad de tener tierras con acceso al agua cuando el ferrocarril estuviese listo. En eso estaban, negociando con los bancos y comprando terrenos cuando estalló el escándalo de la concubina de Feliciano: Amanda Lowell, una actriz escocesa comestible, de carnes lechosas y ojos de espinaca que animaba fiestas de magnates y le gustaba coleccionar amantes porque pretendía superar el mito de la fascinante Lola Montez, cortesana irlandesa popular en los tiempos de la fiebre del oro. El chisme sobre los amantes de Lowell corrían de boca en boca y los caballeros se disputaban para verla. La noticia alcanzó a Paulina del Valle cuando ya había dado la vuelta por California y resultó humillante que todo el mundo anduviera comentando que ella estaba casada con un gallo capón. Confrontado por su esposa se defendió como pudo y en una tregua aprovechó para echarle en cara el cerrojo que trancaba la puerta de su pieza. Todo esto era cierto, Paulina había renunciado a los desenfrenos carnales, no por falta de ganas, sino por pudor. Le repugnaba mirarse al espejo porque era muy gorda. El disgusto por su propio cuerpo superaba el deseo que sentía por su marido. Paulina se había enamorado de Feliciano cuando éste era un joven guapo y ambicioso, proveniente de judíos sefarditas y dueño de unas minas de plata al norte de Chile. Le gustaba su vena vulgar, su tatuaje de vicioso y las porquerías que él le susurraba en la cama. Hubiera dado cualquier cosa por volver a dormir al lado de su marido y nunca creyó que él deseaba lo mismo. Para Feliciano ella fue siempre la novia atrevida con quien se fugó en la juventud, la única mujer que admiraba y temía. Entre ellos hubo abrazos, combates, venganzas memorables como la cama florentina, treguas a largo plazo, pero ningún agravio destruyó su relación y hasta el final, cuando él cayó herido de muerte por una apoplejía, estuvieron unidos.

Una vez que el capitán John Sommers entregó la cama mítica, se dirigió a Chinatown como hacía en cada una de sus visitas a San Francisco. Era un hombre mayor, cansado y enfermo del hígado por la bebida. Su hermana Rose había sido la primera en advertir que algo andaba mal, era la persona más cercana y querida para él. Rose Sommers había pasado su juventud en chile, junto a su hermano mayor, Jeremy, pero a la muerte de éste regresó a Londres para envejecer en tierra propia. Residía en Londres, en una casita a pocas cuadras de los teatros y la ópera, era una excéntrica, gastaba su dinero en baratijas y caridades y era amiga de mendigos y músicos callejeros. Esa venerable solterona había hecho una pequeña fortuna escribiendo pornografía. Ahora que Jeremy había muerto, no tenía que ocultarse y había dejado de escribir cuentos eróticos para producir novelas románticas que tuvieron un éxito inusitado. No había mujer alguna que no leyera los romances de la Dama, incluyendo la reina Victoria.

John Sommers pasó a visitar a su yerno Tao Chi’en, un famoso acupunturista de San Francisco con quien había establecido una relación de amistad años atrás en un barco. Tao Chi’en o el zhong-yi comprendió que su segro tenía el hígado destrozado y que no le quedaría mucho tiempo de vida. John le pidió que tras su muerte cuidara a su hija Eliza y estuvieran pendientes de su hermana Rose.

Tres semanas más tarde, en medio del Pacífico y tras haber vomitado sangre, el capitán Sommers se fue a la proa del barco, se fumó su último tabaco, pasó las piernas por encima de la borda y se dejó caer sin ruido al mar.

Severo del Valle conoció a Lynn Sommers, madre de Aurora, durante un viaje que hizo con su padre de Chile a California en 1872, para visitar a sus tíos Paulina y Feliciano. Severo era demasiado joven para poder medir la fortuna de esa pareja de tíos célebres, pero pudo percatarse la diferencia entre ellos y el resto del clan Del Valle. Su tía Paulina le tomó cariño y le recomendó que se convirtiera en abogado para que la ayudara a demoler a sus enemigos con todas las de la ley. Esa misma tarde lo llevó a la pastelería de Eliza Sommers, quien tenía un salón de té en la Plaza de la Unión donde vendían cajas de bombones hechos a mano con el mejor chocolate belga, mazapán de almendras y varias clases de dulces criollos de Chile. Paulina y Eliza se habían conocido en Chile en 1840, entonces Eliza tenía ocho años y Paulina dieciséis. Mientras tomaban el té y comían dulces, Eliza escuchaba divertida el parloteo incesante de Paulina, pero Severo se olvidó de ellas al descubrir en otra mesa a Lynn Sommers, criatura de tan rara belleza que ya entonces, a los doce años, varios fotógrafos de la ciudad la usaban como modelo; su rostro ilustraba postales, afiches y calendarios de ángeles y ninfas. Severo se rindió ante la fascinación de Lynn y no paró de observarla. Por su parte, Lynn sobrellevaba su belleza como una deformidad, pues estaba plenamente consciente de que su aspecto la separaba del resto de los mortales.

Unas semanas más tarde, Severo se embarcó de vuelta a Chile, llevándose en la memoria la visión de Lynn Sommers plantada firmemente en su corazón.

Severo no volvió a ver a Lynn hasta varios años más tarde. Regresó a California a finales de 1876 a vivir con su tía Paulina y estudiar leyes.

La imagen de aquella hermosa niña lo acompañó en los años difíciles. Su padre, a quien había adorado, murió prematuramente y su madre lo envió a terminar sus estudios en un colegio católico de Santiago. Severo se negaba a comulgar, salía con bohemios, se había descubierto en su poder libros de la lista negra y había sido reclutado por los liberales. La familia tuvo la idea de enviarlo a los Estados Unidos para que los yanquis le curaran las ganas de andar metiendo bulla. Lo embarcaron rumbo a California sin pedir su opinión y con una carta sellada para sus tíos. A Severo sólo le pesaba separarse de Nívea, la muchacha a la cual todo el mundo esperaba que desposara algún día, de acuerdo a la vieja costumbre chilena de casarse entre primos. Severo se ahogaba en Chile, en Santiago descubrió que existía una clase media numerosa, educada y con ambiciones políticas, que era en realidad la columna vertebral del país, entre los que habían inmigrantes, científicos, educadores, filósofos, libreros, gente con ideas avanzadas. Consideró el viaje a los Estados Unidos como un soplo de aire fresco para poder observar la democracia de los norteamericanos y aprender de ella con el objeto de realizar cambios en su país. El otro incentivo para el viaje era el recuerdo de la pequeña Lynn Sommers, que opacaba con abrumadora perseverancia su afecto por Nívea.

Nívea pertenecía a una rama de la familia que había sido adinerada cuando el padre vivía, pero tras su muerte, un tío de fortuna, que habría de ser figura prominente en tiempos de la guerra, don José Francisco Vergara, ayudó a educar a esos sobrinos huérfanos. Era cuatro años menor que Severo, pero mucho más madura. De corta estatura, regordeta, grandes ojos oscuros parecía insignificante hasta que abría la boca. Ella leía a escondidas los artículos y libros que su primo Severo le pasaba bajo la mesa y los clásicos que le prestaba su tío. Se había hecho de la idea de que no descansaría hasta conseguir los derechos elementales para las mujeres (sufragio), aunque la expulsaran de su familia. Nívea se había resignado a la separación con Severo de un año, sin sospechar que él había hecho planes para quedarse en los Estados Unidos el mayor tiempo posible, pero prometieron que mantendrían una fluida correspondencia durante su ausencia.

Severo del Valle abrió la carta para sus tíos y descubrió que los planes de su abuelo incluían mandarlo a una escuela militar. Tiró la carta al mar y escribió otra en sus propios términos. En San Francisco su tía Paulina lo esperaba en el muelle acompañada de su pomposo mayordomo, Williams. Severo le entregó la carta falsa y Paulina descubrió su falsedad, pero se sentía complacida de que Severo quisiera ser abogado. Al día siguiente Paulina lo presentó en la oficina de sus abogados, instaló al joven en su casa en una asoleada habitación del segundo piso, le compró un buen caballo, le puso un profesor de inglés y procedió a presentarlo en sociedad, porque según ella no había mejor capital que las conexiones. Dos cosas esperaba de él, fidelidad y buen humor.

En los meses siguientes Severo comprobó que Paulina seguía de cerca sus progresos en la firma de abogados, contabilizaba sus gastos y conocía sus pasos incluso antes de que él los diera, esto se debía a que el impenetrable Williams había organizado una red de vigilancia y entregaba cuentas de todo a Paulina. Nada escapaba a su vigilancia, ni el brillo de los cubiertos ni los secretos de cada habitante de esa inmensa casa, pero tenía la gran virtud de la discreción y seriedad. La hora de la siesta solía sorprender al joven sobrino y a la incomparable tía en la cama mitológica, ella entre las sábanas, con sus libracos de contabilidad a un lado y sus pasteles al otro. Sólo con Severo se permitía Paulina tal grado de intimidad, pues ese sobrino le daba satisfacciones que nunca le dieron sus hijos. Los dos menores hacían vida de herederos, gozando de empleos simbólicos en la dirección de las empresas del clan, uno en Londres y el otro en Boston. Matías, el primogénito, estaba destinado a encabezar la estirpe de los Rodríguez de Santa Cruz. Había hecho del hedonismo y del celibato una forma de arte y para Paulina no era más que un tonto bien vestido que despertaba sospechas de homosexualidad.

En pocos años Severo aprendió a hablar inglés con facilidad, llegó a conocer las empresas de su tía como la palma de su mano y mantuvo una correspondencia semanal con Nívea, que con los años, fue definiéndose como intelectual, más que romántica.

El aspecto de Matías podía justificar la opinión de su madre, pero de tonto nada tenía. Había visitado todos los museos importantes de Europa, sabía de arte, podía recitar cuanto poeta clásico existía y era el único que usaba la biblioteca de la casa. Era considerado el mejor partido de San Francisco, pero se profesaba resueltamente soltero. Con respecto a las mujeres, prefería una profesional, de las muchas que existían a la mano. Se mezclaba con el mundo bohemio, poetas, fotógrafos, periodistas, aspirantes a escritores y artistas.

Una noche, Williams golpeó a la puerta de la habitación de Severo para informarle que una dama de dudosa reputación, una tal Amanda Lowell, había enviado una nota pidiendo ayuda de inmediato para Matías. Williams había alistado todo, pero deseaba mantener el asunto lo más callado posible y él mismo tomó las riendas del asunto. Severo tuvo la impresión de que no era la primera vez que el hombre andaba por las callejuelas de Chinatown ni la primera vez que rescataba al señorito. Entraron a una habitación limpia y ordenada donde apenas se podía respirar por el aroma denso del opio. Un chino viejo vestido con túnica salió al encuentro y los llevó a las literas de madera donde había cinco americanos blancos, cuatro hombres y Amanda Lowell. Todos estaban en el mismo estado feliz de estupor menos Matías, quien tenía los ojos volteados hacia arriba y la piel pálida. Como un crucificado se lo llevaron a su departamento, la garconniere, cuya existencia Severo suponía que Williams desconocía, pero éste sacó la llave de su bolsillo y una vez instalado Matías, partió en busca del médico familiar. Matías estuvo cinco días debatiéndose en espasmos de agonía pero sobrevivió. Este incidente creó un extraño vínculo de complicidad entre Severo y Williams.

Los primos Severo y Matías sólo tenían en común las facciones patriarcas y el gusto por los deportes y la literatura, pero a pesar de sus diferencias, entablaron una gran amistad. Hablaban de libros y comentaban los clásicos. A Matías le gustaba acompañar a su amigo periodista Jack Freemont a escenas de crimen para ver víctimas asesinadas y presenciar autopsias en la morgue. De esas aventuras del submundo del crimen salía borracho de horror, se iba a un baño turco a sudar el olor a muerto y regresaba a su departamento a pintar desastrosas escenas de gente despedazada a cuchillazos. Un día Matías le anunció a su primo que el miércoles habría una chica verdaderamente bonita en su garconniere, la más bella de San Francisco. Así fue como Severo del Valle volvió a ver a Lynn Sommers. Hasta ese día se había limitado a comprar en secreto postales con su imagen. Rondó muchas veces el salón de té para verla de lejos y realizó indagaciones sobre sus movimientos, pero cualquier acción directa le parecía una traición a Nívea.

Lynn Sommers resultó ser el producto afortunado de razas mezcladas. Debió llamarse Lin Chi’en, pero sus padres decidieron anglicanizar los nombres de sus hijos y darles el apellido Sommers para facilitarles la vida en los Estados Unidos. Al mayor lo llamaron Ebanizer, en honor de un antiguo amigo del padre, pero le decían Lucky porque tenía mucha suerte. A la hija menor nacida seis años más tarde, la llamaron Lynn como homenaje a la primera esposa de Tao Chi’en, quien de muy joven fue derrotada por la consunción. Eliza Sommers aprendió a convivir con el recuerdo pertinaz de Lin y creyó que ella la sostuvo durante el difícil embarazo de su hija. Finalmente acabó por considerarla una especie de invisible protectora que velaba por el bienestar de su hogar.

Lynn Sommers tenía sangre inglesa y chilena, por el lado de su madre y por el de su padre, llevaba genes de los chinos altos del norte. El abuelo de Tao Chi’en fue un humilde curandero que había legado a sus descendientes el conocimiento de plantas medicinales y conjuros mágicos contra diversos males del cuerpo. Tao Chi’en se entrenó con un sabio de Cantón y mediante una vida de estudio, no sólo de medicina china tradicional, sino de todo el que caía en sus manos, se labró un sólido prestigio en San Francisco, lo consultaban médicos norteamericanos y tenía una clientela de varias razas. Compró una casa grande que servía de clínica en el primer piso y de residencia en el segundo. Su reputación lo protegía, nadie interfería en su actividad de rescatar a las sing-song girls, las patéticas esclavas de tráfico sexual de Chinatown, todas de cortos años. Mientras Tao Chi’en no acudiera a las autoridades y actuara sin hacer bulla en una paciente labor de hormiga, podían tolerarlo. La única persona que trataba a Tao Chi’en como un peligro era Ah Toy, la alcahueta y dueña de varios salones especializados en adolescentes asiáticas. Cada sing-song girl rescatada por Tao Chi’en era una espina clavada para Ah Toy. Su hijo Lucky le ayudaba en esta labor, pues nadie más hábil que él para sustraer a las esclavas y nadie más ingenioso para hacerlas desaparecer para siempre. No lo hacía por compasión como su padre, sino para poner a prueba su buena suerte y torear el riesgo.

Tao Chi’en mantenía una buena y amorosa relación con su esposa, era un hombre respetado y admirado. Antes de que se conocieran, Eliza realizó un largo viaje persiguiendo a un amante hipotético, Joaquín Murieta, un bandido que fue decapitado. Entre tanto el zhon yi la esperó con la callada tenacidad de un amor maduro a que ella lo amara de vuelta. La noche en que Eliza entró en la habitación de Tao Chi’en descubrió muchas cosas sobre el placer que ignoraba totalmente. Con el tiempo esa pasión de explorar miles de maneras de hacer el amor, se convirtió en una relación de amor y ternura incondicional. Habían estado juntos casi treinta años en un mundo donde no había cabida para una pareja de razas tan distintas como la de ellos. Se habían acostumbrado a caminar separados por las calles, se casaron discretamente por el rito budista y sus hijos aparecían registrados como hijos ilegítimos reconocidos por el padre.

Eliza transcurría su día entre americanos en su pastelería y contribuía a mantener a la familia, porque beuna parte de los ingresos de Tao Chi’en terminaban en manos ajenas: ayudando a pobres peones chinos y salvando niñas esclavas.

Lynn adoraba a su padre, imposible no amar a ese hombre generoso, pero se avergonzaba de su raza. Como su madre, Lynn vivía con un pie en china y el otro en los Estados Unidos, aunque dentro de la casa solía utilizar túnica y pantalón de seda. Al madurar Lynn mantuvo su hermosura y el cuerpo se le llenó de curvas perturbadoras. Los hombres volteaban a verla con lujuria por las calles y Eliza estaba preocupada por el poder de seducción que ejercía su hija. Al comprender las ventajas de su hermosura, Lynn decidió que sería modelo de artistas por un corto tiempo, hasta que llegara su príncipe azul para desposarla. Su madre asistía a todas las sesiones de artistas para no descuidar a su hija, pero no pudo plantarse con la misma firmeza cuando le ofrecieron a Lynn el honor de servir de modelo para la estatua de La República, que se levantaría en el centro de la Plaza de la Unión. La obra fue encargada a un famoso escultor traído especialmente desde Filadelfia para el proyecto. Tras un largo proceso de selección, Lynn era la mujer que tanto había buscado para su estatua: alta, bien formada, de huesos perfectos, con la dignidad de una emperatriz, con un rostro de facciones clásicas y un sello exótico que denotaba su mezcla de oriente y occidente. El escultor se vio en aprietos para convencer a la madre de que una túnica era el atuendo apropiado para el caso. Lynn vivía ajena a las preocupaciones de su madre por cuidar su virtud y Lucky fue el único en darse cuenta cabal de cuán tonta era su hermana. Antes de los diecinueve años, Lynn ya había rechazado varios pretendientes y estaba acostumbrada a los homenajes masculinos. Creyó encontrar el destino sublime al cual tenía derecho cuando conoció el único hombre que no la miró dos veces, Matías Rodríguez de Santa Cruz; lo había visto varias veces por la calle, pero vivían en círculos distintos y de no ser por la estatua de La República tal vez no se hubieran topado nunca.

Con el pretexto de supervisar el costoso proyecto, se daban cita en el estudio del escultor los políticos y magnates que contribuían a financiar la estatua, pero en realidad, esos vejetes acudían motivados por la lujuria para ver a Lynn casi desnuda como una bola de machos dispuestos a devorarla. Un martes apareció Feliciano Rodríguez con su hijo Matías, pero éste último observaba la calle ensimismado y sus ojos eran los únicos que no estaban clavados en ella. Lynn notó al punto la belleza viril, juventud y buena cepa de ese hombre y asombrada al verse así ignorada, fingió tropezar para llamar su atención, pero Matías no fingía su indiferencia. Fue varios días más tarde, en una parranda con sus amigos bohemios, cuando se enteró de que había estado en presencia de Lynn Sommers, la joven más codiciada del momento. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordarla y cuando surgieron las apuestas a ver quién sería el primero en seducirla, Matías se anotó por inercia y luego por insolencia habitual, anunció que lo haría en tres etapas. La primera sería conseguir que fuera a la garconniere sola para presentarla a sus compinches, la segunda sería convencerla de posar desnuda delante de ellos y la tercera, hacerle el amor, todo en el plazo de un mes.

Severo del Valle asistió a la invitación de su primo ese miércoles memorable. Había por lo menos media docena de bohemios fumando y bebiendo. Cuando Lynn llegó a la garconniere Severo sintió que el corazón le daba un brinco. No pudo decir ni una palabra, ni siquiera saludarla y sólo sintió una rabia sorda contra Matías y sus secuaces. Cuando Lynn anunció que debía partir después de prometer que regresaría a la semana siguiente para posar ante las cámaras de esos artistas, Matías le pidió a Severo que la acompañara. Era tarde para advertirle sobre la apuesta, pues ella ya estaba enamorada de Matías y no escucharía razones.

Matías Rodríguez ganó la apuesta sin esmerarse, pero por el camino le falló el cinismo y sin quererlo se vio atrapado en lo que más temía en este mundo: un lío sentimental. No llegó a enamorarse de la bella Lynn, pero el amor incondicional y la inocencia con que ella se le entregó lo conmovieron, pues Lynn obedeció lentamente todo lo que Matías le pedía mientras le corrían las lágrimas de vergüenza. A solas con ella, le pidió perdón con el pensamiento por haberla expuesto a la mirada de sus amigos, pero incapaz de formular la oración mientras ella lloraba callada. No la deseaba, sólo quería protegerla y devolverle intacta su inocencia, pero la suavidad imposible de Lynn y su fragancia a manzana lo derrotaron. Sin saber cómo se encontró besándola y abrazándola con una ansiedad que ninguna mujer le había provocado antes. Había tenido más amantes, mujeres y hombres, pero nunca había perdido el control, la ironía, la distancia, la noción de su propia individualidad, pero él se transformó en el mismo hombre de antes y ella carecía de experiencia para saberlo.

Nada supo Severo de lo sucedido ese día sino hasta tres meses más tarde. En abril de 1879 Chile declaró la guerra a sus vecinos, Perú y Bolivia, por asuntos de tierra y soberbia. Había estallado la Guerra del Pacífico. Severo quería ir a la guerra pero a Paulina no le pareció la idea y comenzó a especular sobre los negocios de esta guerra en torno al azúcar, pues estaba convencida de que en momentos de angustia la gente consume más azúcar. Esa noche Paulina le anunció que recibiría una extraña visita y necesitaría los consejos de un abogado, ya que su marido estaba de fuera de viaje. Eran Tao Chi’en y Eliza Sommers quienes venían a pedir que Matías restaurara la dignidad de Lynn porque estaba embarazada de él. Matías negó su responsabilidad y Paulina, quien había comprendido la culpabilidad de su hijo y estaba avergonzada, aclaró que no pensaba tolerar bastardos de su sangre sembrados por allí. Esa noche Severo pensaba enfrentar a Matías, pero no fue necesario porque él confesó que Lynn llevaba dos meses persiguiéndolo y él deseaba desprenderse de ella sin ocasionarle un gran daño, pero no tenía ninguna obligación con ella porque nunca le había hablado de amor y mucho menos de matrimonio. En todo caso estaba dispuesto a correr con los gastos del niño, pero no pensaba darle su apellido.

Una semana más tarde, Severo del Valle se presentó en la clínica de Tao Chi’en para anunciar lo que su primo había decidido e intentó hablar con Lynn pero no lo consiguió y después de tres semanas volvió a intentarlo y fue al salón de té a suplicarle a Eliza que le permitiera hablar con ella. Eliza se culpó por lo ocurrido aunque estaba consciente de que su hija no tendría que escapar porque sus padres la ayudarían a cuidar al niño y no entendió la insistencia de Severo por hablar con Lynn, pero intercedió por él y ella finalmente accedió.

En los meses siguientes las visitas de Severo se convirtieron en una costumbre. Siempre llevaba un regalo para el niño y fue llenando la habitación de Lynn de juguetes y ropa. Tanto se habituaron los Chi’en a su presencia que cuando se atrasaba se desconcertaban. Comentaban sobre los pormenores de la guerra y los cambios políticos en Chile. Entretanto Lynn fue engordando sin perder ni un ápice de su gracia o belleza. A veces Severo la recogía en coche y la llevaba a pasear al Parque Presidio o a la playa, donde se instalaban a leer, él sus periódicos y ella sus libros de leyes. No hablaban de Matías, tal como ésta nunca mencionaba a Lynn, pero la pregunta quedaba suspendida en el aire. Un día Williams, quien supo lo que ocurría aún sin que nadie se lo dijera, condujo a Severo al desván para entregarle una cuna resplandeciente de plata labrada, donde habían dormido todos los niños de esa familia.

Avergonzada, Paulina no apareció más por el salón de té. Razonaba que con un marido infiel y tres hijos insensatos lo más probable es que hubiera un buen número de niños ilegítimos desparramados por doquier. El niño que Lynn esperaba provocaba en ella un huracán de sentimientos ambivalentes, por un lado una ira contra Matías y por otro una inevitable ternura por ese primer nieto o nieta. Apenas Feliciano regresó de su viaje le contó lo sucedido, pero él exaltado, salió en defensa de su hijo. A partir de ese día, paulina no volvió a mencionar el tema delante de su hijo o su marido, pero terminó confiando en Williams, quien poseía la virtud de escucharla hasta el final y no dar su opinión a menos que se la solicitara.

Esos meses fueron desastrosos para Matías por el alboroto de bilis que le provocaba el lío con Lynn y el sufrimiento en sus articulaciones. Se le hinchaban las muñecas y las rodillas y el opio dejó de ser una diversión para convertirse en una necesidad. Fue Amanda Lowell, su buena compañera de fiesta, quien le enseñó a inyectarse morfina para contener el dolor. No sólo sus achaques y el lío con Lynn lo motivaron a marcharse de viaje a Europa, sino nuevas deudas de juego que amenazaban su vida.

Cuando Severo notificó a Lynn que Matías había partido a Europa sin planes de regresar en un futuro cercano, Lynn se echó a llorar y comprendió que había cometido una gran imprudencia y ahora no tenía más remedio que pagar las consecuencias; ya no era una chiquilla, iba a ser madre y debía estar agradecida de tener una familia dispuesta a ayudarla.

A finales de agosto, Severo se atrevió a hablar sobre sus sentimientos con Lynn. Volvían acalorados de un paseo y sin saber cómo se encontró besándola en plena calle. Le pidió que se casaran y ella le explicó con toda sencillez que nunca amaría a otro hombre, sólo a Matías. No obstante Severo dijo que no le pedía su amor, pues el cariño que sentía bastaba para los dos. Replicaba que el bebé necesitaba un padre y deseaba la oportunidad de protegerlos a ambos.

Un mes más tarde Severo y Lynn se casaron en una breve ceremonia en presencia de la familia de ella y de Williams. Sabía que el mayordomo se lo diría a Paulina y decidió esperar que ella diera el primer paso. Esa noche Severo se despidió de su mujer con un beso y partió como siempre a dormir en su cuarto de soltero.

Esa misma semana se libraron grandes batallas de la Guerra del Pacífico. Severo seguía las noticias con la misma pasión del resto de sus compatriotas, pero su amor por Lynn no adelantó su viaje de regreso.

En la madrugada del segundo lunes de octubre amaneció Lynn con fuertes dolores de parto. Por la noche llegó Severo y encontró la casa sacudida por los gemidos de Lynn. Los recursos de la medicina habían provocado fuertes contracciones, pero la criatura venía mal colocada y estaba trancada por los huesos de la madre. Eliza, como toda mujer, sabía que ese era el umbral entre la vida y la muerte y le pidió a Cristo, a Buda y al espíritu de Lin que acudieran a ayudar a su hija.

En la madrugada del martes nació la criatura. Lynn estaba cansada y escuchaba atentamente las instrucciones de su padre. Eliza recibió un bulto ensangrentado con una niña minúscula y con la piel azul. Lynn la llamó Aurora porque nació al amanecer. Su nombre en chino es Lai-Ming, que quiere decir amanecer. Lucky tomó a su sobrina en brazos y procedió a soplarle su aliento para traspasarle su buena suerte.

A la hora de la cena, cuando llegó Severo a la casa de sus tíos, les informó que se había casado con Lynn y que había nacido su hija. Feliciano lo insultó, lo llamó idiota y salió furioso del comedor. Paulina oyó incrédula la explicación de Severo de que dentro de unos días partiría a la guerra en chile, Lynn se quedaría con sus padres en Chinatown y él regresaría en un futuro para sumir su papel de esposo y padre. Paulina sabía que la niña era de Matías y comprendía que Severo ya había metido la pata por romántico, pero sentía el deber de ayudar a la criatura porque llevaba el apellido Del Valle, pero Severo advirtió que no sería necesario porque había dispuesto el dinero de su herencia para Lynn. Estaban todavía en el comedor cuando Williams apareció con un mensaje urgente anunciando que Lynn había sufrido una hemorragia y temían por su vida. Al llegar a casa de los Chi’en, Lynn se encontraba muy débil, alcanzó a pronunciar el nombre de Matías y murió. Severo sintió que un grito estalló dentro de su cabeza y estaba incrédulo ante el destino que le había arrebatado a la mujer con la cual soñó por años, llevándosela justo cuando creía haberla conseguido.

Al enterarse Paulina de que Lynn había muerto, sintió alegría porque siempre había deseado tener una niña y creía que a esta nieta podría criarla y brindarle todas las oportunidades que el cariño y el dinero podían ofrecer, pensaba, alguien que la acompañara en su vejez. Ella podía obtener a la criatura en nombre de Matías pero Williams le recordó que legalmente la niña era de Severo, única persona con derecho a decidir su futuro y él había decidido legarles la responsabilidad a los Chi’en. Paulina no podía creer que Severo pudiera traicionarla de manera tan vil y dos días más tarde, después de que su sobrino ya estaba a bordo del vapor que lo llevaría a Chile para luchar en la guerra, se presentó en el salón de Eliza Sommers para intentar convencerla de que la niña estaría mejor con ella. En la media hora siguiente las dos mujeres se enfrentaron como gladiadores, cada una en su estilo. Paulina pasó de la adulación al hostigamiento sin que la otra abuela cambiara de opinión, así que salió indignada y amenazando que a nadie le convenía convertirse en su enemigo y que tarde o temprano le quitaría a la chiquilla.

Parte II (1880-1896)

Severo se sentía responsable por Aurora y había redactado un testamento antes de embarcarse para heredar su dinero a la niña. Entretanto, ella recibiría los intereses de la herencia cada mes. Sabía que los padres de Lynn la cuidarían mejor que nadie y Paulina no intentaría quitarla por la fuerza porque Feliciano no permitiría el escándalo. Severo ya no deseaba vivir sin Lynn y la idea de partir a la guerra le ofrecía una forma de morir para abandonarse a su duelo. No deseaba regresar a casa porque requería más valor para enfrentar a Nívea después de lo mal que se había portado con ella que combatir contra el enemigo.

Al llegar a Valparaíso, Severo encontró la ciudad militarizada. Nívea lo esperaba en el puerto y le contó que sabía de lo ocurrido y Williams le había informado por telegrama sobre la muerte de Lynn. Severo estaba avergonzado, pero Nívea sólo le dijo que tratara de regresar de la guerra entero y cuando se casaran Aurora se convertiría en su primera hija., pues lo ha esperado toda su vida y podrá seguirlo haciendo. Nívea le contó que estaba trabajando con su tío organizando su biblioteca y aprovechaba para leer muchos libros. Le dijo que rezaría para que él se volviera a enamorar de ella y lo esperaría. Entonces Severo sintió un dolor terrible y un sollozo se le escapó seguido por un llanto incontrolable, mientras repetía el nombre de Lynn. Nívea loa atrajo sobre su pecho dándole palmaditas de cosuelo, como aun niño.

La Guerra del Pacífico empezó en el mar y continuó por tierra. Los chilenos habían ganado varias batallas y avanzaban firmemente porque eran más organizados, disciplinados y valientes que los contrincantes. Chile era un país expansionista, con una economía sólida, dueño de la mejor escuadra de América del Sur y un ejército de más de setenta mil hombres. Los ejércitos peruanos y bolivianos estaban escasamente preparados para la contienda, eran pocos, mal armados y morían de sed. A su paso los chilenos despertaban tanto odio y temor, que provocaron una violenta antipatía internacional, con la consecuente serie de reclamaciones y litigios diplomáticos.

A menudo, las condiciones de guerra resultaban infernales. La viruela, el tifus y las tercianas los aniquilaban. Cuando Severo se unió al ejército sus compatriotas ocupaban Antofagasta. El tío de Nívea se había convertido en el que dirigiría la guerra. Vergara era brillante, de modales finos y gran memoria, condujo a las tropas chilenas directamente a Lima. Fue de los primeros en observar que mientras Chile avanzaba a la conquista del norte, Argentina les iba arrebatando la Patagonia calladamente, pero nadie hizo caso porque lo consideraban un territorio inútil como la luna.

Al finalizar el año los chilenos se preparaban para el asalto final a Lima. Severo llevaba once meses combatiendo, sumido en la mugre, la sangre y la más despiadada barbarie. Ya no soñaba con Lynn, sino con los cuerpos destrozados de los combatientes. Cuando podía sentarse a fumar un cigarro, aprovechaba para escribir una líneas a Nívea. Ella le escribía con regularidad, aunque no todas sus cartas llegaban a destino. Le preocupaba que Severo estuviera inmerso en un mundo tosco y cruel.

En una tarde de enero, las tropas estaban listas para la marcha sobre la capital del Perú. Los peruanos los estaban esperando y apenas tuvieron a tiro dejaron caer una ráfaga de plomo. Severo vio volar a hechos pedazos a dos de sus compañeros, pero se salvó de las explosiones. Sin saber lo que hacía, Severo se encontró sable en mano destrozando a un hombre. La furia y el horror se habían apoderado por completo de él. Había perdido el miedo y la identidad, era una máquina de matar. Después de dos horas de batalla los habitantes habían huido, pero los que se quedaron estaban dispuestos a combatir con lo que fuera. El regimiento se Severo tenía instrucciones de ir casa por casa hasta desocupar el pueblo. De súbito Severo sintió una granizada de balas y abrió la vivienda más cercana para protegerse. Necesitaba unos minutos para cargar su fusil, pero de pronto una mujer le clavó un hacha sobre su pie izquierdo. Severo reaccionó por instinto, empujó el fusil con la bayoneta descubierta y la ensartó en su vientre. Los ojos de ambos se cruzaron sorprendidos preguntándose en silencio quiénes eran y pr qué se enfrentaban de ese modo. En ese instante otro soldado chileno entró, evaluó la situación y sin vacilar le disparó a la mujer, cogió el hacha y de un tirón liberó a Severo. El soldado lo obligó a beber un trago largo de licor, le ató un pañuelo a la rodilla y lo llevó al hospital militar. Severo aguardaba en el patio junto a centenares de cadáveres y miles de heridos tirados en charcos y hostigados por las moscas. Perdía el conocimiento constantemente y en los momentos de lucidez rogaba por una muerte rápida, mientras que la imagen de Nívea se le aparecía como un ángel diciéndole palabras de amor.

La batalla para conquistar Lima terminó a las seis de la tarde. Calcularon que un veinte por ciento de los combatientes de ambos ejércitos perecieron en esas horas. Los médicos y enfermeros, exhaustos, atendían a los que llegaban a medida de sus posibilidades. Severo no supo cuánto tiempo estuvo en ese patio cuando finalmente lo llevaron, inconsciente y deshidratado, a la mesa de un cirujano inmigrante de los Balcanes, quien con la dureza, seguridad y rapidez de un experto le amputó la pierna. Toda la operación había durado menos de seis minutos.

En los días que siguieron a esa batalla, las tropas chilenas entraron a Lima. Finalmente una parte de los regimientos peruanos soltó las armas y se rindió, pero muchos soldados escaparon hacia la sierra donde sería difícil alcanzarlos. Fueron tres años de guerra sin tregua y sin prisioneros, con millares de muertos. La rendición final y la firma del tratado de paz se consiguió en octubre de 1883, después de vencer las tropas del teniente peruano Cáceres en una última batalla, una masacre a cuchillo y bayoneta que dejó a más de mil muertos en el campo de batalla. Chile le quitó a Perú tres provincias y Bolivia perdió su única salida al mar.

Severo se despertó por el ruido de unas explosiones y tenía puesto encima una manta y una cantimplora, tiritaba, le castañeaban los dientes y ardía de fiebre. Probablemente habría muerto como cualquier soldado en sus condiciones de no ser por Nívea, quien apenas se enteró de lo ocurrido se puso en contacto con su tío para buscar a Severo. Vergara le extendió un permiso militar para entrar al recinto y asignó un teniente para ayudarla. Nívea no reconoció a Severo, quien había perdido veinte kilos, estaba inmundo, parecía un cadáver, con una barba de varias semanas y los ojos delirantes de un loco. Se sobrepuso ante dicha imagen y lo saludó alegre. El médico de la familia Vergara usó todos los recursos de la ciencia para sanarlo y un mes más tarde la herida aún no cicatrizaba. Nívea comprendió que debía alentarlo y le pidió que se casaran. Tres días más tarde se casaron en una breve ceremonia en presencia de dos familiares. En la fotografía de la boda Nívea aparece radiante de pie junto a la silla de su marido. Esa noche, cuando Nívea estuvo segura de que todos dormían en la casa, entró en la pieza de Severo, quien recibía los cuidados de una monja. La ansiedad del deseo, su pasión y la fascinación del pecado la llevaron a introducirse en la cama con Severo, basándose en todos los conocimientos que había aprendido de los libros prohibidos de una Dama e hicieron el amor. Severo mantenía un papel pasivo por el dolor en su pierna, pero lo que le faltaba de fortaleza lo ponía ella en iniciativa y sabiduría.

Los siguientes días fueron iguales y a la semana de anestesiar a la monja con chocolate y de hacer el amor como egipcios la herida de la amputación había cicatrizado y la fiebre había desaparecido. Cuando no hubo más remedio que admitir ante la familia el embarazo de Nívea, se llegó a pensar que dicho embarazo era un milagro.

Cuando Severo pudo dar los primeros pasos con su pierna artificial, Vergara ayudó a la pareja a instalarse en otra casa y le dio trabajo a Severo.

Desde que Aurora puede recordar, siempre la ha atormentado la misma pesadilla: camina por las calles vacías de una ciudad exótica, va de la mano de alguien cuyo rostro nunca logra vislumbrar y de pronto los rodean unos niños en pijamas negros. Una mancha oscura de sangre se extiende sobre el suelo mientras el círculo de niños se cierra más. Los acorralan, los empujan, los tironean, busca la mano amiga pero ya no está. Grita sin voz, cae sin ruido y entonces despierta con el corazón desbocado. En ese estado de parálisis estuvo durante las primeras semanas en casa de Paulina. Tenía cinco años cuando la llevaron a Nob Hill y no conoció a su abuelo Feliciano porque murió unos meses antes de su llegada. La muerte de su abuelo afectó a Paulina por un tiempo, pero pronto salió de la crisis y se dio cuenta del cambio y desestimación que tenía en San Francisco; toda su fortuna no alcanzaba para hacerse perdonar su origen hispano y su acento de cocinera. En eso estaba, reponiéndose del susto de la viudez cuando se presentó en su casa Eliza con su nieta Aurora.

Eliza le explicó que no podría cuidar a su nieta porque debía llevar el cadáver de Tao Chi’en a China, tal como se lo había prometido siempre. Sabía que Paulina podía ofrecerle una mejor vida y como se sentía extranjera, deseaba que Lai-Ming tuviera raíces, una familia y buena educación. Correspondería a Severo hacerse cargo de la niña, pero estaba muy lejos y ya tenía otros hijos. El rencor entre ellas se evaporó y Paulina le juró que sería una verdadera abuela dispuesta a dedicar su vida a cuidar y hacer feliz a Aurora. Eliza se comprometió a no intentar ninguna forma de comunicación con la niña. Se despidieron con un breve abrazo y Eliza salió por la puerta de servicio para que la niña no la viera alejarse.

Cuando Aurora entró a esa grande mansión, sentía tanta fascinación como miedo. Se escondió debajo de la mesa donde se acurrucó muda de confusión cuando Paulina le dijo que era su verdadera abuela y la otra abuela se había ido a un largo viaje. Aurora no salió de la mesa hasta que Williams deslizó una bandeja con helado que jalaba de un cordel mientras ella intentaba atrapar. Paulina la esperaba en la puerta con un cachorro amarillento que le puso en sus brazos y a quien llamaron Caramelo. A medianoche despertó con la pesadilla de los niños en pijamas y trató de introducirse en la cama legendaria, tal como lo hacía en las madrugadas con su abuelo para que la mimara. Al verla, Paulina la rechazó escandalizada y Aurora se puso a gemir con el perro, pero después les hizo seña de acercarse y se tapó la cabeza con las sábanas.

A pesar de los regalos, los mimos y los paseos de Paulina, Aurora estaba desconcertada buscando a sus abuelos, así fue como se escapó y llegó al centro de San Francisco, donde deambuló varias horas aterrada hasta que vio a unos chinos y los siguió hasta Chinatown. En ese barrio se sintió segura pero el cansancio la venció y se acomodó en el umbral de un viejo edificio. La despertó los gruñidos de una vieja que la encerró en un cuarto que olía mal y comenzó a vomitar. Aurora era muy joven para eso, pero a menudo raptaban o compraban criaturas de su edad para entrenarlas desde la infancia en toda clase de depravaciones. Cuando volvió a abrirse la puerta, salió su tío Lucky y la llevó de regreso a Nob Hill. Las semanas siguientes le dio varicela y estuvo muy enferma. La suerte de su tío la salvó, pues la mujer que la raptó en la calle acudió a un representante de su tong, porque nada sucedía en Chinatown sin el conocimiento y aprobación de esas bandas. El hombre había visto a Aurora de la mano de su abuelo y por casualidad pertenecía al mismo tong de Tao Chi’en. El primer impulso de Lucky fue llevarla a su casa con su nueva esposa encargada desde China por catálogo, pero luego comprendió que las instrucciones de sus padres debían ser respetadas. Aurora no volvería a ver a su tío hasta veinte años más tarde, cuando fue a buscarlo para averiguar los últimos detalles de su historia.

La orgullosa familia de los abuelos paternos de Aurora vivió en San Francisco por treinta y seis años sin dejar mucho rastro. El palacete de Nob Hill es ahora un hotel y nadie recuerda sus primeros dueños. Descubrió múltiples menciones de la familia en las páginas sociales, también la historia de la estatua de la República y el nombre de su madre. Existe también una breve noticia sobre la muerte de Tao Chi’en, un obituario muy elogioso escrito por Jack Freemont y un aviso de condolencia de la Sociedad Médica, agradeciendo las contribuciones del zhong yi a la medicina.

La escapada de Aurora a Chinatown, sumada a otros motivos, indujeron a Paulina a regresar a Chile. El dinero que le quedaba no alcanzaba para mantener sus grandes gastos, pero era una inmensa fortuna en Chile. Escribió una carta a su sobrino Severo para explicarle lo ocurrido y la decisión de Eliza de entregarle a la niña, explicándole las ventajas de que fuera ella quien la criara. Severo entendió sus razones y aceptó la propuesta porque él ya tenía dos hijos y su mujer esperaba tercero, pero se negó a entregarle la tutela legal como ella pretendía.

De acuerdo a lo programado, Paulina, la niñera inglesa y otros empleados partirían a Chile mientras Williams se encargaba de enviar el equipaje a Chile y luego quedaba libre, después de recibir una buena gratificación en libras esterlinas, pero Williams no deseaba quedar libre porque para él era un sacrificio mayor separarse de Paulina, así que le propuso que fuera a Chile como su marido sin pretender ejercer la función de esposo en el aspecto sentimental y sin aspiración a su fortuna. Su papel junto a Paulina sería el mismo: ayudarla en todo lo que pueda con la máxima discreción y librándola del inconveniente de ser una mujer sola para enfrentar al mundo y él por su parte, ganaría respeto y evitaría separarse de Paulina, con quien lleva la mitad de su vida y está acostumbrado. Tal como estaba planteada era un buen negocio, con ventajas para los dos: él disfrutaría de un alto nivel de vida que jamás tendría de otro modo y ella andaría del brazo de un tipo que, bien mirado, resultaba de lo más distinguido y parecía un miembro de la nobleza británica.

Así fue como una semana más tarde Paulina, su marido recién estrenado, el peluquero, la niñera, dos mucamas, un valet, un criado, Caramelo y Aurora tomaron un crucero a Europa.

En 1886 Aurora tenía seis años y hablaba una mezcolanza de chino, inglés y español. No soportaba verse rodeada de gente, comenzaba a gritar y su abuela la envolvía en su brazo para calmarla. La salvó de la demencia y el terror porque la adoraba. La ayudó a crecer con toda la libertad posible en aquellos tiempos.

En Europa, Aurora conoció a Matías. Paulina no le dijo la verdad a su nieta y siempre mantenía oculta su procedencia. Fue el mismo Matías quien le dijo la verdad a su hija varios años más tarde cuando regresó a Chile a morir de sífilis.

Llegaron a Chile un año más tarde, cuando la fortuna de Paulina se había repuesto por su especulación del azúcar durante la Guerra del Pacífico. Severo se presentó con Nívea para saludarlos cuando llegaron. Lo más notable de Severo para Aurora era que a pesar de su cojera, parecía un príncipe de las ilustraciones de cuentos. En contraste a su apuesto marido, Nívea le parecía un ratón con la panza redonda, pero apenas hablaba un par de minutos caía en su encanto y su tremenda energía.

Paulina había decidido instalarse en Santiago. Era una ciudad señorial con aire afrancesado, cosmopolita y colorido. Paulina compró una mansión en Ejército Libertador, la calle más aristocrática. La alta sociedad se había quedado boquiabierta al ver al marido de pedigree que se había comprado y circulaban rumores de que Williams tenía títulos de nobleza y malas intenciones. El único que podía desenmascarar a Williams era Severo, pero nunca lo hizo porque apreciaba al antiguo sirviente y admiraba a esa tía que se burlaba de todos pavoneándose con su airoso marido. Paulina se lanzó en una campaña de caridad pública para callar la envidia y ayudaba a los indigentes.

Aurora se educó en casa porque se escapó de cada uno de los establecimientos religiosos donde su abuela la matriculó. Comía y leía lo que se le daba la gana, sin mucha disciplina porque no había nadie alrededor. Gozó de una infancia bastante feliz. Severo convenció a Paulina que no había razón para torturar a Aurora en internados, puesto que podía aprender en casa con tutores privados. Varias institutrices inglesas, francesas y alemanas pasaron por su casa pero sucumbieron por el agua contaminada de Chile hasta que llegó Matilde Pineda, quien le enseñó casi todo lo importante que hoy en día sabe. Era apasionada e idealista, escribía poesía y adoraba el conocimiento, pero sus ideas revolucionarias y liberales le impedían ser maestra en una escuela. Seis días a la semana Aurora recibía clases regulares y el resto del día iban a museos y a la librería Siglo de Oro a comprar libros y tomar té con el librero don Pedro Tey. Visitaban artistas, salían a observar la naturaleza, hacían experimentos químicos, leían cuentos y escribían poesía. Aurora admiraba mucho a su maestra. Fue Matilde quien le sugirió a Paulina la idea de formular un club de damas para canalizar la caridad y en vez de regalar a los pobres ropa usada o comida sobrada, crear un fondo como si fuera un banco para otorgar préstamos a mujeres para que iniciaran un pequeño negocio. A los hombres no porque usarían el dinero para comprar vino y el gobierno ya se encargaba de socorrerlos..

Cuando Nívea venía de visita, siempre encinta y con varios niños pequeños, conversaba con la señorita Matilde, pero con todo y su inteligencia y educación Nívea no podía competir con Matilde.

Frederick Williams se adaptó muy bien a la enorme familia Del Valle y a Chile. Rápidamente aprendió a hablar español, podía leer diarios y hacer vida social en el club de la Unión, donde solía jugar bridge en compañía de Patrick Egan, el diplomático norteamericano a cargo de la Embajada. Se mantenía al día con los negocios para aconsejar a Paulina y con la política.

A Paulina le costó más adaptarse a Chile porque se asfixiaba con las pequeñeces y la mojigatería de ese ambiente, echaba de menos la libertad de antaño. A pesar de su edad y su gordura, Paulina imponía la moda porque acababa de llegar de Europa. Compraba arte y en su mesa servía platos nunca antes vistos. Su casa era el centro de reuniones de artistas y literatos jóvenes de ambos sexos, que se juntaban para dar a conocer sus obras.

En diez años Severo y Nívea tuvieron seis hijos y seguirían procreando hasta completar quince. Severo se había convertido en abogado de renombre, era uno de los pilares más jóvenes de la sociedad y miembro distinguido del partido liberal. Severo distinguía a Aurora entre las docenas de sobrinos que lo rodeaban, la llamaba su ahijada y le contó que él le había dado el apellido Del Valle. Cada vez que Aurora preguntaba sobre su padre, Severo le pedía que hiciera cuenta que él era su padre respondiendo con evasivas.

El día en que Aurora tuvo su primer periodo Severo estaba en la casa de Paulina vestido de viaje porque iba al norte a luchar en contra de la terrible represión que se desencadenaría: el Presidente Balader intentaba convertirse en dictador, rompiendo así con cincuenta y siete años de respeto a la constitución. Había impulsado la educación más que ningún otro gobernante, creado hospitales y numerosas obras públicas y consolidado la moneda chilena en Latinoamérica. La aristocracia no le perdonaba que hubiera elevado a la clase media e intentara gobernar con ella, así como el clero no toleraba la separación de la Iglesia del Estado y el matrimonio civil. Era un hombre alto, apuesto, viril, de frente clara y porte noble, hijo de amores novelescos, apasionado, vanidoso y lo llamaban el Chascón. El Presidente enfrentaba la oposición de los conservadores, algunos grupos de liberales disidentes, el clero en su totalidad y la mayoría de la prensa. Aquellas muestras de descontento lo dejaban imperturbable como si no se diera cuenta de que la nación se hundía en el caos. La reacción del Presidente fue disolver el Congreso, designarse dictador y nombrar a Joaquín Godoy para que organizara la represión, un sádico que creía que los ricos deben pagarla por ser ricos, los pobres por ser pobres y los clérigos había que fusilarlos a todos.

El ejército se mantuvo fiel al gobierno y lo que había comenzado como una revuelta política se transformó en una guerra civil. Mientras afuera hervía la guerra, adentro de la mansión de Paulina se vivía como en un lujoso convento. Paulina acogió a Nívea con su regimiento de chiquillos, nodrizas y niñeras y cerró la casa a machote, segura de que nadie se atrevería a atacara una mujer de su posición social con un marido británico. Por si acaso, William colgó una bandera inglesa en el techo y mantuvo sus armas aceitadas.

Severo partió a luchar al norte justo a tiempo porque al día siguiente allanaron su casa y si lo hubieran encontrado habría ido a parar a los calabozos de la policía política.

En los meses de la Revolución , Nívea tuvo tiempo y ánimo para actuar en la oposición junto con la señorita Matilde y Frederick Williams. En uno de los cuartos traseros instalaron una pequeña imprenta con ayuda de Pedro Tey y allí producían libelos y panfletos revolucionarios, que después Matilde se llevaba ocultos bajo el manto para repartir de casa en casa.

El ejército fiel al gobierno planeaba derrotar a los civiles alzados en cuestión de días pero nunca imaginó la resistencia que encontraría. En el primer enfrentamiento serio triunfaron las tropas del gobierno y después de la batalla remataron a los heridos y prisioneros. La brutalidad de esta matanza enardeció a los revolucionarios y cuando volvieron a encontrarse obtuvieron una aplastante victoria. Las detenciones, saqueos, torturas y aprehensiones tenían a los opositores en llamas, no había familia sin dividirse y nadie quedaba exento del miedo. Se paralizó la agricultura y la industria por falta de mano de obra. La prepotencia de los militares se hizo insoportable y el Presidente comprendió que debía ponerle final, pero cuando quiso hacerlo, los soldados podían instaurar una dictadura militar, mil veces más temible.

El terror tocó a la puerta de Paulina cuando los partidarios detuvieron a Pedro Tey porque sospechaban de los libelos políticos contra el gobierno. Matilde irrumpió en la casa atolondrada y a Aurora se le escapó mencionar frente a su tía, quien ignoraba la situación, el asunto de la imprenta. Paulina se sintió traicionada por su propia familia y despidió a Matilde, quien no volvió a aparecer en la vida de Aurora hasta muchos años más tarde. Williams partió a la Embajada norteamericana para pedirle a Patrick Egon que intercediera por Pedro Tey. Williams y el jardinero desarmaron la imprenta, la enterraron en el jardín y quemaron los panfletos. Al amanecer habían dos carruajes de la familia y cuatro criados armados y a caballo listos para conducir a la familia fuera de Santiago. Frederick se negó a acompañarlos y no hubo forma de convencerlo.

Los tíos Del Valle, que se habían refugiado en el campo, los recibieron encantados. Paulina llegó cansada y de mal humor al campo. Se le veía examinar los palos torcidos de las parras y recoger muestras de tierra, que guardaba en unas misteriosas bolsitas. Comían queso y leche fresca y a las siete de la mañana asistían a misa y comunión. El recio corazón de Paulina se ablandó a raíz de esa estadía en el campo porque comenzó a ir a la iglesia por gusto y no sólo por ser vista. Cuando volvieron a Santiago mandó a construir una hermosa capilla con vitrales de colores.

Durante esa estadía, Nívea dio a luz a un par de mellizos. Aurora se mantuvo escondida para presenciar el parto, lo cual la dejó impactada de por vida.

La segunda semana de agosto llegó Williams a buscar a su familia. Paulina lo recibió como una novia con los ojos brillantes y Aurora se dio cuenta por primera vez que esa pareja estaba unida por lazos muy parecidos al cariño. Williams informó que el Presidente en persona había liberado a Pedro Tey antes de que Godoy lograra arrancarle la confesión, de modo que podían volver a la casa de Santiago. Nueve años más tarde, cuando Paulina murió, Aurora descubrió los detalles de cómo Williams había salvado a Tey y las torturas por las que tuvo que pasar el librero.

Un mes más tarde cayó el gobierno y Pedro Tey salió de la embajada norteamericana, pero pasó muchos meses fregado por las heridas de los azotes.

Paulina quería quedarse en el campo hasta que terminara la Revolución, pero Williams la convenció de que el conflicto podía durar años y no debían abandonar su posición en Santiago. Nívea quiso regresar con ellos a pesar del cansancio de su doble parto, pues comenzaba a deprimirse por no tener noticias de Severo, aunque nunca dudó de que él regresaría como tampoco dudó que se casaría con él, tenía una especie de clarividencia.

Las noticias de la Revolución estaban estrictamente censuradas por el gobierno, pero todo se sabía incluso antes de que ocurriera. Uno de los primos mayores de Aurora, un muchachote rubio, apuesto impulsivo y simpático se encontraba en un grupo que pretendía volar unos puentes para hostigar al gobierno. Paulina intentó disuadirlo pero su decisión estaba tomada. El problema fue que no sospecharon que habían sido denunciados y a las cuatro de la madrugada los atraparon las tropas del gobierno antes de que realizaran su misión, pero aún así fueron ejecutados todos.

La carnicería de los jóvenes conspiradores fue el detonante para las batallas finales de la Guerra Civil. En los siguientes días, los Revolucionarios desembarcaron un ejército de nueve mil hombres y ocuparon el puerto de Valparaíso. Entretanto el Presidente dirigía la guerra desde su oficina por telégrafo y teléfono, pero los informes que le llegaban eran falsos y sus órdenes se perdían, pues la mayoría de los telefonistas eran revolucionarios.

Los revolucionarios marcharon sobre la capital con cintas rojas atadas al brazo para celebrar. Desde la pieza que ocupaba el presidente en la embajada Argentina, Balmaceda redactó un testamento y temiendo que su familia pagara el precio del odio y se disparó en la sien.

Severo regresó a casa y Nívea saltó sobre el cuello de su marido feliz por su regreso.

Aurora comenzaba a entrar en la adolescencia y Matilde le habría ayudado mucha en esta transición, pero desapareció de su vida. Esa fue una extraña época en su vida, le cambió el cuerpo, se le expandió el alma y comenzó a preguntarse en serio de dónde provenía. El detonante fue la llegada de Matías, quien tenía aspecto de ave desnutrida en un sillón de inválido. Lo trajo Amanda Lowell, la última persona que Paulina esperaba ver. Fue la Lowell quien insistió en el regreso de Matías para morir en familia y no tirado en un hospital de París. La rabia de Paulina por Amanda había permanecido dormida esperando aflorar, pero no pudo encontrarla y en cambio encontró el instinto maternal. La compasión que sentía alcanzaba para el hijo y la mujer que lo había acompañado durante años, lo había cuidado en la desgracia y en la enfermedad. Amanda Lowell y Paulina se tomaron de las manos, se sonrieron y Paulina olvidó los malos recuerdos.

Instalaron a Matías en el primer piso porque no podía subir la escalera y para que lo atendieran día y noche. El médico le dijo a Paulina que padecía turbulencia inveterada de la sangre, pero para el resto de la familia era evidente que lo consumía un mal venéreo. Al principio ese cadáver viviente producía repugnancia en Aurora, pero obligada por su abuela para visitarlo cambió su vida. Matías le confesó que era su padre, que su madre había sido muy hermosa y que la había querido pero nunca supo qué hacer con ese amor y prefirió escapar. También le contó sobre su abuelo Tao Chi’en, pero no sabía como había muerto. Le dijo que Eliza se había ido a China y creyó que estaría mejor con su abuela paterna. Aurora comenzó a recordar el olor de su abuelo y su imagen y poco a poco fue pegando los parches del pasado. Cuando Matías comprendió que estaba llegando al final llamó a Severo para que renunciara a la paternidad y reconoció a Aurora como su hija. Así la protegió de los otros dos hijos de Paulina, sus hermanos menores, quienes a la muerte de su abuela, nueve años más tarde, se apoderaron de todo lo que pudieron.

Paulina se aferró a Amanda con afecto supersticioso, creía que mientras estuviera cerca, Matías no moriría. Amanda era una mujer cosmopolita y no había ningún tema o libro o ciudad Europea que ella no conociera. Se quedó un par de meses pero finalmente le confesó a Paulina que no tenía corazón para ver el deterioro de Matías, así que decidió regresar a París.

Tres semanas más tarde la salud de Matías empeoró y Williams permitió que Aurora pasara a despedirse de él. Era la primera vez que lo llamaba papá. Agonizó durante dos días más y murió.

Aurora tenía trece años cuando Severo le regaló una cámara fotográfica moderna que usaba papel en vez de las placas antiguas. Su padre había muerto hacía poco y las pesadillas la atormentaban nuevamente. Pensaba que con la cámara podría atrapar a los demonios que la acechaban e inventó varios métodos para fotografiar las tinieblas mientras dormía. En el empeño por dilucidar esa pesadilla acabaría enamorada del mundo con la fotografía. Paulina llevó a Aurora a la Plaza de Armas, al estudio de Juan Ribero, el mejor fotógrafo de Santiago, un hombre seco en apariencia, pero generoso y sentimental por dentro. No quería educar a Aurora porque desconocía su talento e interés, pero ella permaneció frente a su puerta esperándolo hasta que vencido por su insistencia, le advirtió que no tendría ninguna consideración especial con ella. Ribero le enseñó todo lo que sabe de fotografía, desde la elección de un lente hasta el laborioso proceso del revelado. La incitaba a dejar las paredes seguras del estudio y salir a la calle a mirar con los ojos bien abiertos. A Aurora le atraía fotografiar más a las personas que los objetos o paisajes, pero estaba limitada por su corta edad y hasta muchos años más tarde no podría viajar por el país, introducirse en las minas, las huelgas, los hospitales, las casuchas de los pobres y las aldeas.

Paulina no perdía el tiempo en nada y discutía nuevos negocios. Mandó a su marido a Europa en una misión secreta y Williams estuvo siete meses ausente. En su equipaje venían de contrabando miles de palitos secos que resultaron ser cepas de las viñas de Burdeos y que Paulina pretendía plantar en suelo chileno para producir un vino decente y formar una dinastía en donde el nombre Del Valle perdurara. Sin decir a nadie hizo analizar la sustancia de la tierra, los caprichos del agua y la perseverancia de los vientos en aquellos campos que pertenecían a la familia. En Francia Williams contrató un experto en viñedos para asesorar el nuevo negocio. Paulina aprendió todo lo que debía aprender del experto y cuando se sintió segura lo despachó e hizo llamar a Severo para que se encargar de la empresa de las viñas. A Severo le pareció descabellada la idea, pero su tía siempre acertaba y bien valía la pena probar. Apenas Paulina comprobó que Severo estaba tan obsesionado con las viñas como ella, decidió convertirlo en su socio, dejarlo a cargo del campo y partir con Williams y Aurora a Europa, pues ella ya tenía dieciséis años y estaba en edad de adquirir barniz cosmopolita y un bien matrimonial.

La verdadera razón del viaje no se la dijo a nadie, Paulina estaba enferma del estómago y creía que en Inglaterra podrían operarla porque había oído hablar de la célebre clínica fundada por Ebanizer Hobbs, donde trabajaban los mejores médicos de Europa. De manera que apenas pasó el invierno, emprendieron el largo viaje a Europa.

Parte III (1896-1910)

Durante la travesía por la cordillera de los Andes y más tarde en el trasatlántico se podía observar que Paulina flaqueaba. No mencionaba sus males, por el contrario, hablaba de pasar unos días en Londres y luego ir a Francia por el asunto de los quesos. Apenas llegaron a Inglaterra y trató de convencer a Williams para que partiera solo a Francia a investigar y posteriormente ellas lo alcanzarían. Se instalaron en el Hotel Savoy y la clínica Hobbs estaba en el barrio Kensington.

Paulina había leído en revistas científicas sobre los avances en higiene y cirugía que le daban un gran prestigio a la clínica. Ella no sólo escogió muy bien el lugar donde la operarían, también escogió a su médico y se puso en contacto con él desde Chile con meses de anticipación. Paulina no deseaba testigos de su decadencia y a Aurora le costó mucho convencerla para que la acompañara a sus entrevistas médicas. La clínica Hobbs inspiraba confianza desde el umbral y el aspecto del doctor del doctor de Paulina, Gerald Suffolk, era tan impresionante como su fama.

Paulina sufría de un tumor gastrointestinal y el doctor agregó que la operación resultaba arriesgada por la edad de ella y porque aún estaban en etapa experimental, pero él había desarrollado una técnica perfecta y venían médicos de todo el mundo a aprender de él.

Paulina le exigió que le explicara en detalle lo que pensaba hacer con ella, lo cual sorprendió al médico acostumbrado a que los enfermos se entregaran a su incuestionable autoridad.

Aurora se sentía aterrada por su posible orfandad y en eso estaba pensando cuando pasó un hombre, quien la vio muy pálida, y le preguntó si todo andaba bien. Aquel joven llevaba el rostro rasurado, tenía pómulos altos, mandíbula firme y ojos oblicuos; se parecía a Gengis Khan, aunque menos feroz. Era chileno y asistiría al doctor Suffolk en la operación de su abuela.

Contra todas las pesimistas predicciones de Aurora, su abuela sobrevivió a la cirugía y después de la primera semana, en que la fiebre subía y bajaba incontrolable, se estabilizó y pudo comer alimentos sólidos. Aurora no se movió de su lado, mandó un telegrama a Williams el mismo día de la operación y él llegó treinta horas más tarde. Williams perdió su compostura proverbial ante la cama donde se hallaba su mujer, recargó su frente en su mano y cuando se levantó tenía la cara mojada de llanto.

Gengis Khan, cuyo nombre real era Iván Radovic, controlaba el estado de la paciente, le administraba morfina para no acabar con la resistencia física y moral de Paulina y resultó más accesible que el doctor Suffolk. Radovic provenía de una familia de médicos, su padre había emigrado de los Balcanes a Chile a finales de los cincuenta y murió de tifus durante la Guerra del Pacífico, donde sirvió como cirujano durante tres años.

Aurora iba a cumplir dieciséis años y seguía con el cabello atado y usando ridículos vestidos de niña mandados a hacer por su abuela. La primera vez que usó algo adecuado para su edad fue cuando Williams la llevó a Whitneys y puso la tienda a su disposición.

Tras la total recuperación de Paulina, partieron a Francia, se instalaron en un hotelito en el Boulevard Haussman y se pusieron en contacto con Amanda Lowell. En París, estaba en su ambiente, vivía en un desván acogedor, llevaba una vida bohemia y era amiga de artistas célebres; gracias a ella visitaron a Cézanne, Sisley, Degas, Monet y varios otros. Paulina adquirió una buena colección de obras impresionistas que produjeron un ataque de hilaridad cuando los colgó en su casa en Chile. Cuando Amando notó que Aurora no se separaba de la cámara fotográfica se ofreció a presentarle a los fotógrafos más célebres de París. Amanda admiraba su pasión fotográfica, mientras que Paulina trataba dicha pasión como un capricho de adolescente y estaba mucho más interesada en prepararla para el matrimonio y conseguirle un marido.

Con motivo del 18 de septiembre, día de la Independencia de Chile, se reunieron en la Embajada Chilena en París y allí Aurora conoció a Diego Domínguez, pretendiente potencialmente aceptable, hijo de gente conocida, seguramente rico, con impecables modales, guapo, de ojos azules, rostro agradable y porte viril. La timidez de Aurora era una tortura, pero bailaron un rato durante la noche y al final de la fiesta le susurró que era exquisita.

En los días siguientes Paulina hizo averiguaciones sobre Diego y sus antecedentes, antes de autorizarlo para que salieran a pasear. Diego había viajado a Europa enviado por su padre en la aventura obligatoria que casi todos los jóvenes chilenos de clase alta hacían una vez en su vida para despabilarse. Había viajado por muchas ciudades y estaba listo para regresar a Chile y sentar cabeza, casarse y fundar su propia familia. Paulina lo consideraba perfecto partido para Aurora, pero Williams opinó que no era prudente aferrarse al primero que pasaba, pues Aurora estaba joven todavía y le sobrarían pretendientes. Quizá fueron las indirectas de Paulina o simplemente se sintió halagado por Aurora, pero el caso es que le pidió la mano y le colocó en su dedo un anillo de diamantes. Los signos de peligro eran evidentes para cualquiera, pero Paulina estaba cegada por el temor a dejarla sola y Aurora enamorada, pero el tío Frederick siempre sostuvo desde el principio que Diego Domínguez no era hombre para Aurora.

Cuando Diego iba regresar a Chile, se puso de acuerdo con Paulina para que se conocieran mejor. Williams trató de torcer los planes, pero no había poder humano que hiciera cambiar de idea a Paulina. Regresaron el mismo barco y Aurora aprendió lo esencial sobre los veintitrés años de su pasado y su familia, pero casi nada de sus gustos, creencias y ambiciones. Diego no mostró curiosidad por saber más de ella y tampoco por su pasión por la fotografía.

En la primera clase del barco había poco para fotografiar, así que Aurora bajaba a menudo a las cubiertas inferiores para hacer fotografías de inmigrantes rusos, alemanes, italianos, judíos, gente que viajaba con poco en los bolsillos pero con el corazón lleno de esperanzas. En una de esas excursiones se encontró con Iván Radovic. Había cambiado y conoció a Aurora hace año y medio cuando vestía de chiquilla y ahora tenía ante sus ojos a una mujer hecha y derecha y comprometida. En ese viaje empezó la amistad que con el tiempo habría de cambiar la vida de Aurora. Iván no podía subir a primera clase, pero Aurora bajaba a menudo y conversaban sobre su trabajo como médico y ella le contaba sobre sus fotografías. No pudo mostrarle nada pero acordaron que llegando a Chile las verían. Cuando Paulina se enteró de que Radovic estaba en el barco lo hizo llamar a su suite y le propuso que abriera una clínica privada, pues ella estaba dispuesta a invertir en él porque era un buen negocio: la gente siempre se enferma, pero Radovic no veía su profesión como un negocio y Paulina, recordando la traición de Matilde Pineda, desconfiaba del socialismo.

Regresaron a Chile en 1898 y el país se encontraba en plena crisis moral. Nadie estaba contento con su suerte o con el gobierno y se había llenado de ociosos, borrachos, rateros y lacras sociales, como la engorrosa burocracia, el desempleo, la ineficiencia de la justicia y la pobreza.

La mansión en Ejército Libertador había sido habitada durante dos años por las tías, acompañadas de Caramelo ya muy anciano.

En el otoño comenzaba la intensa vida social porque Paulina estaba dispuesta a celebrar la boda del siglo y había que preparase para el casamiento en septiembre. Severo apareció de visita más guapo y corpulento que nunca. Se quedó boquiabierto al ver a Aurora tan cambiada y comentó que la producción de viñas iba por buen camino. Níve no fue con él porque acababa de tener otro hijo.

Aurora pensaba día y noche en Diego y no todos sus pensamientos eran castos. Mantenía una correspondencia apasionada con su prometido pero las respuestas de su novio a esas apasionadas cartas eran tranquilas crónicas sobre la vida del campo.

Durante esos tres meses, Aurora le ayudaba a su abuela con su labor de caridad y tomaba fotografías, las cuales consideró las mejores que ha tomado en diez años.

En marzo la casa vestía de gala, tenía una moderna instalación de gas, teléfono y ascensor para Paulina. Había un nuevo contingente de criados, pero eran tantos que paseaban ociosos tropezando unos con otros, hasta que William tomó las riendas causando conmoción, pues no se veía que el señor de la casa interfiriera en los asuntos domésticos.

Diego y su familia visitaron a Aurora y probablemente se cohibieron de tanto esplendor. Pertenecían a una antigua dinastía de terratenientes del sur en donde nacían, crecían y morían. Eran gente con sólida tradición familiar, profundamente católica y sencilla, sin ninguno de los refinamientos impuestos por Paulina. Todos tenían los ojos azules, menos Susana, la cuñada de Diego, una beldad morena de aire lánguido, como una pintura española. Eran tres hermanos, Eduardo, el mayor quien estaba casado con Susana, Diego y Adela, la más pequeña.

Aurora se enamoró de esos campesinos de vieja cepa, bondadosos y sin pretensiones, del padre sanguíneo, de la madre tan inocente, del hermano viril, de la misteriosa cuñada y de la hermana menor alegre como canario, que habían hecho un viaje de varios días para conocerla. Doña Elvira, la madre de Diego, quería que Aurora le enseñara sus fotos, pero se desconcertó al ver fotografías de gente pobre sufriendo, obreros, niños harapientos, revueltas populares y burdeles. De todas formas, ya estaba asustados con los cuadros impresionistas, los platillos suculentos y la opulencia.

No esperaron hasta septiembre, como estaba planeado, para casarse porque Doña Elvira tuvo un leve ataque al corazón y una semana más tarde, cuando se repuso, manifestó su deseo de ver a Aurora convertida en la esposa de su hijo Diego antes de partir al otro mundo. Paulina tuvo que aguantarse el deseo de hacer una boda principesca.

Después de la boda privada en casa de Ejército Libertador, Diego y Aurora fueron a un hotel a pasar esa noche antes de partir por dos semanas a Buenos Aires de luna de miel. Cuando Aurora se despidió de su abuela, comprendió cuanto la quería y se dio cuenta de cuánto había disminuido. Tenía el presentimiento de que no le quedaba mucho tiempo se veía pequeña y vulnerable.

En la noche de bodas, Aurora sintió mucha vergüenza, pero su recuerdo más nítido de esa noche fue de desencanto. Diego la consoló diciendo que así era siempre la primera vez, con el tiempo aprenderían a conocerse y todo iría mejor.

El fundo Caleufú incrustado en la zona más hermosa de Chile, un paraíso salvaje de selva, volcanes, lagos y ríos, había pertenecido a los Domínguez desde los tiempos de la Colonia. La familia había aumentado su riqueza comprando más terrenos de los indios a precios de aguardiente, hasta tener uno de los latifundios más prósperos de la región. La propiedad nunca había sido dividida porque por tradición la heredaba el hijo mayor quien tenía la obligación de dar trabajo o ayudar a mantener a sus hermanos y dar dote a sus hermanas y mantener a los inquilinos.

Sebastián Domínguez era el suegro de Aurora, debe haber tenido como cincuenta años y llevaba una vida sana, pasaba el día a caballo recorriendo sus tierras y era el primero en levantarse y el último en acostarse. Mientras que Doña Elvira era religiosa devota, simple, pura bondad y espíritu de servicio. Pasó a ser la madre que Aurora nunca tuvo.

Eduardo y Susana, los cuñados de Aurora, vivían con sus hijos en otra casa, construida para ellos a doscientos metros de la casa grande.

El cambio de estilo de vida para Aurora fue brutal. La familia se portó muy bien con ella pero Diego se comportaba reservado, la trataba como una hermana y en privado, apenas le hablaba.

Eduardo era más jovial que Diego, le gustaba conversar y sabía oír. Susana sufría de fuertes dolores de cabeza y se encerraba en su habitación, separada a la de su marido. Adela leía novelas de misterio y era muy divertida. Su padre Sebastián la adoraba y le complacía todos sus caprichos.

Con el tiempo, Aurora comenzó a deprimirse de la situación en que se encontraba, pero se fogueaba fotografiando el paisaje espectacular y los trabajadores y campesinos de las tierras. Había adaptado un cuarto oscuro en una de las habitaciones de la mansión y durante el invierno fotografiaba a los miembros de la familia, quienes en un principio posaban, pero pronto se habituaron a su sigilosa presencia y acabaron por ignorar la cámara, entonces pudo captarlos al descuido, tales como eran.

Diego se comportaba como un fantasma. Pronto su reticencia, la vergüenza de Aurora y el orgullo de ambos erigieron una muralla entre los dos. No discutían y se trataban con forzada cortesía aunque Aurora hubiera preferido mil veces más una guerra declarada.

Durante el invierno, el cual los encerraba por sus condiciones, se podía sentir la soledad y el aburrimiento, así que inventaban formas de entretenerse como realizando obras de teatro familiares o leyendo libros. A pesar de las noches largas del invierno, la relación con Diego no mejoró.

Eduardo era amable, juguetón y atento con Aurora, en cambio Susana la ignoraba la mayor parte del tiempo y tenía una manera impertinente de darle la espalda.

Doña Elvira ansiaba que Aurora tuviera hijos, incluso le advertía que no saliera mucho a cabalgar porque podrían producirle esterilidad.

La salud de Paulina había declinado mucho. El signo más claro de su debilidad era la presencia diaria de un sacerdote que rondaba a los agonizantes para arrebatarles su fortuna. Paulina desterró al sótano la cama mitológica y ese fue el síntoma más alarmante para que Aurora decidiera ir a visitarla. En menos de veinticuatro horas Diego organizó su traslado y el de Adela, quien moría de ganas por ir a Santiago. Pasaron un par de meses en Santiago y Paulina las recibió con fingido entusiasmo porque estaba enferma. Severo pasó a visitarlos y mostró la nueva Viña Paulina, un producto único que les daría fama y dinero. Paulina adivinaba que no tendría mucho tiempo más para estar con Aurora, así que le contó sobre el pasado, sobre la belleza de su madre, sobre Amanda Lowell y la historia de la cama, pero eludió el tema de sus abuelos maternos en Chinatown. Williams le explicó a Aurora que Paulina estaba regalando sus pertenencias y sufría fuertes dolores en el estómago. Iván Radovic la visitaba con frecuencia, pues era el único doctor en quien Paulina confiaba, y Aurora tuvo la oportunidad de mostrarle sus fotografías. El doctor le provocaba confianza, juntos fueron a visitar a Juan Ribero, pero se encontraron con que ya no trabajaba porque tenía cataratas en los ojos. Radovic observó con cuidado las fotos de Aurora y preguntó si Diego era su cuñado, el esposo de Susana. Esa noche Aurora colocó las fotografías en el suelo, las miró durante horas y se acostó muy tarde acongojada.

Aurora y Adela tuvieron que regresar a Caleufú para las fiestas de navidad. En el asoleado diciembre de verano Paulina se sintió mejor. Tan bien estaba que acompañó a su nieta al tren en Valparaíso. Para entonces la nueva casa de Diego y Aurora ya estaba lista. En el dormitorio estaban dos camas separadas y la soledad fue mucho peor, Diego y ella pasaban poco tiempo juntos y casi no se hablaban. Llevaban un año de casados y Diego no la amaba. En la angustia de averiguar qué le faltaba para conseguir su amor, Aurora destinó horas enteras a fotografiarse y lo único que descubrió fue una terrible tristeza y desolación.

Las sospechas comenzaron meses antes y con el pretexto de hacer un álbum familiar para Doña Elvira, fotografiaba mucho a la familia para después estudiar cada imagen en su cuarto. Al espiar a Diego con reloj en mano descubrió que sus salidas constantes coincidían con las jaquecas de Susana, o mentía al decir que iría de caza con Eduardo, cuando éste regresaba sin su hermano. Así notó que por las noches salía al patio y una de esas noches Aurora lo siguió hasta el establo donde su esposo se encontró con Susana. Hacía mucho frío y Aurora temblaba de la impresión de ver a esos dos enamorados perderse en la pasión y el amor que ella nunca recibió. En realidad, nadie más existía en su idilio, ni Eduardo, ni los hijos ni Aurora. Quizá los hijos eran de Diego, pues siempre los trataba con gran cariño. Aurora entendió al fin que Diego se había casado con ella porque necesitaba una pantalla para cubrir sus amores con Susana.

La traición de Diego y el miedo al futuro dejaron a Aurora desconsolada. Cuando Diego regresó, Aurora intentó hacerlo recapacitar y le ofreció su perdón, pero Diego le explicó que amaba a Susana desde hacía muchos años y cuando decidió casarse con Aurora trataba de romper el lazo que lo ataba, pero ello sólo le facilitaba más las cosas porque atenuaba las sospechas de Eduardo y la familia. Sin embargo, Diego estaba contento de que Aurora se enteró porque le apenaba engañarla; le dijo que era muy buena esposa y lamentaba mucho no poder darle el amor que se merecía. Asimismo le pidió que mantuviera el secreto y no se marchara por la salud de Doña Elvira.

De manera que Aurora se quedó por doña Elvira pero deseaba morirse y como consecuencia enfermó gravemente de pulmonía. Doña Elvira le dio los cuidados de una madre y le ofreció su amor suave e incondicional, el cual actuó como bálsamo y fue curándola lentamente de sus ganas de morir y del rencor que sentía contra su marido. Finalmente pudo comprender los sentimientos de Diego y Susana y la fatalidad inexorable de lo que había sucedido. Aurora se sentía obligada a proteger a Doña Elvira del cataclismo y permaneció en papel de esposa humillada para no matar a su suegra del dolor y la vergüenza. Su acuerdo con Diego fue que ella cumpliría su parte mientras Doña Elvira viviera y después quedaba libre.

A finales de septiembre, cuando ya no tenía más pretextos para vivir en la casa grande, llegó un telegrama de Iván Radovic anunciando que se aproximaba el fin de su abuela. Aurora se marchó y fue la última vez que vio a esa familia. Williams la esperaba en la estación y le extrañó mucho verla demacrada, preguntando con insistencia por Diego, si era feliz, sobre sus suegros y si le gustaba vivir en el campo. Frederick le explicó que Paulina había donado casi todo a la Iglesia y contra todas las predicciones, Williams demostró ser un marido digno, no robó ni un centavo y estaba dispuesto a acompañar a su mujer hasta su último aliento.

Al siguiente día de la llegada de Aurora, Paulina murió silenciosamente. A su lado estaban su marido, Radovic, Severo, Nívea y Aurora. Sus hijos aparecerían mucho después con los abogados a pelear por la herencia a espada y capa.

Su partida produjo en Aurora gran desolación y comprendió que la muerte de su abuelo Tao Chi’en la había sumido en una angustia similar.

Aurora nada heredó porque sus tíos se encargaron de llevarse todo, pero tampoco necesitaba hacerlo, puesto que Matías le dejó lo suficiente para vivir con decencia y el resto pudo financiarlo trabajando. Williams tampoco peleó con los abogados porque el dinero le importaba mucho menos de lo que las malas lenguas venían murmurando.

La única alegría en esas deprimentes semanas fue la reaparición de Matilde Pineda en sus vidas. Llegó con un ramito de flores acompañada por el librero Pedro Tey.

Aurora comprendió que no tenía a nadie en quien confiar excepto Williams, así que le contó su tragedia matrimonial y él la escuchó hasta el final sin interrumpirla ni una sola vez. Le dijo que tendría otros amores y sería la mejor fotógrafa del país. La persuadió de no regresar con su marido y que podría encontrar miles de pretextos para demorar su regreso por años, pues le convenía mantenerse lo más lejos posible.

Frederick Williams le aseguró a Aurora que no tenía prisa alguna por dejar Chile puesto que ella era la única familia que le quedaba, a quien quería como una hija o nieta. Le contó que había sido prisionero por cinco años en Australia por haber robado tabaco y logró escapar en una balsa. Fue rescatado en alta mar por un barco pirata chino y lo pusieron a trabajar como esclavo, pero apenas se acercaron a tierra, escapó de nuevo. Así de salto en salto, llegó a California. Lo único que tiene de noble británico es el acento que lo aprendió de un Lord británico quien fue su primer patrón y le enseñó el oficio de mayordomo. Paulina lo contrató en 1870 y desde entonces estuvo a su lado. Ella no desconocía su pasado y le divertía mucho que la gente confundiera a aquel ladrón con un noble.

Aurora rescató la cama mitológica, en donde duerme desde entonces; compró una propiedad junto con Williams, en las afueras de la ciudad. Allí Williams cría perros y caballos de raza, juega croquet y otras aburridas actividades propias de ingleses. La casa es un vejestorio pero tiene cierto encanto, espacio para el taller fotográfico y la célebre cama florentina.

Aurora dispone de medios y libertad para viajar y hacer lo que desea. La gente habla a sus espaldas porque no pueden tolerar que una mujer abandone a su marido.

Un año después de separarse de Diego volvió a enamorarse, en este caso fue de Iván Radovic. Una suave amistad que con el tiempo se convirtió en amor. Todo comenzó cuando Williams había concertado una cita entre los tres, pero como enfermó de gripe, no asistió, así que quedaron solos en el coche y la aproximación fue inevitable. Aurora dejó a un lado su timidez y besó a Radovic.

El hecho de no estar casados les facilita el buen amor, así cada uno puede dedicarse a lo suyo, disponen de su propio espacio y cuando están a punto de reventar siempre queda la salida de separarse por unos días y volverse a juntar cuando la nostalgia los vence.

Aurora llevaba poco más de dos años viviendo oficialmente con Williams, pero cada vez más rendida a su relación con Radovic cuando su abuela materna, Eliza Sommers, reapareció en su vida. Aunque habían pasado diecisiete años, la reconoció inmediatamente. Su imagen permaneció enredada en los engranajes de la nostalgia. La trajo Severo, quien había estado en contacto con ella desde entonces. Eliza dio su palabra a Paulina de que nunca intentaría localizar a Aurora y lo cumplió al pie de la letra hasta que la muerte de la otra la libró de dicha promesa.

Al quedar viuda en 1885 en San Francisco, Eliza fue China con el cuerpo de Tao Chi’en para enterrarlo en Hong Kong como se lo había prometido. Posteriormente se fue a Londres para acompañar a su tía Rose hasta su muerte y tras recibir la herencia de la Dama anónima emprendió viajes por todo el mundo. Eliza considera a Svero el padre de Aurora, pues fue él quien se casó y amó a su hija. Como regalo, le trajo a su nieta un baúl que contenía los manuscritos de la Dama Anónima. En la tarea de entretener a Iván en la intimidad, Aurora ha ido perdiendo el pudor y adquiriendo seguridad que nunca tuvo gracias a los famosos manuscritos. Fue esa abuela materna quien completó el rompecabezas del pasado de Aurora: le habló de su madre, de las circunstancias de su nacimiento y le dio la clave final de sus pesadillas:

Tao Chi’en no se perdonó la muerte de su hija Lynn. Eliza estaba tan agobiada por el dolor de Tao que cargaba con la responsabilidad total de su nieta. A la semana optó por decirle que ella no podía criar a la niña y la dejó a su cuidado. Tao Chi’en se encontró a cargo de una niña recién nacida y huérfana a quien debía alimentar cada media hora. A los veinticuatro días de cuidarla la niña le pareció graciosa y a los veinticuatro meses de criarla como una madre estaba completamente enamorado de su nieta. Su horario y su vida giraban en torno a Lai Ming. Redujo sus horas de consulta para enseñarle nuevos trucos. Así transcurrieron cinco años de armonía en la casa de los Chi’en hasta que un día recibieron la visita de dos mujeres misioneras presbiterianas, Donaldina y Martha, que deseaban proteger a las sing son girls. Las misioneras sabían que las autoridades recibían sobornos y alguien les había indicado que Tao Chi’en era el único con agallas para contarles la verdad. Para Tao Chi’en esas misioneras habían sido enviadas del cielo porque finalmente podrían detener esa penosa actividad con todas las de la ley, así que les contó en dónde escondían a las niñas, los burdeles donde trabajaban y el papel de Ah Toy, la mayor importadora de carne fresca del país. Cuando Lucky se enteró de lo que su padre había hecho, quedó abatido por malos presagios pues tarde o temprano se sabría que Tao Chi’en informaba a las misioneras.

Un martes de 1885, las misioneras, junto con dos policías, irrumpieron en un burdel de Chinatown. Los policías subieron a las niñas y otros detenidos en un coche cerrado de la policía. El resto del día la gente de Chinatown pasó comentando lo que había ocurrido.

Tao Chi’en estuvo a punto de ser agredido por un par de matones en uno de los restaurantes donde siempre almorzaba con su nieta, cuando manifestó en voz alta su satisfacción de que por fin las autoridades de la ciudad tomaban cartas en el asunto de las sing song girls.

Dos días más tarde las mismas misioneras, el periodista Jack Freemont y varios policías con grandes perros bravos volvieron a detener las actividades de un burdel y a apresar a los proxenetas. Desde ese momento las chicas buscaron la forma de llegar a los oídos de las misioneras para ser rescatadas. Las misioneras todavía recorren Chinatown diario, siempre vigilantes, pero ya no las llaman malditas o les escupen cuando pasan. Ahora les dicen madres amorosas y se inclinan para saludarlas. Han rescatado a miles de criaturas y eliminado el tráfico descarado de niñas, aunque no han logrado acabar con otras formas de prostitución.

El segundo miércoles de noviembre, Tao Chi’en paseaba de la mano con su nieta por los mercados cuando de pronto se acercó corriendo un muchacho presa de gran agitación para requerirle que acudiera a ayudar porque había ocurrido un accidente: un hombre había sido pateado por un caballo y escupía sangre. Tao Chi’en lo siguió a toda prisa sin soltar la mano de su nieta, introduciéndose por pasadizos estrechos hasta que se encontraron solos en un callejón sin salida, apenas alumbrado por los faroles. Tao Chi’en alcanzó a darse cuenta que era una trampa e intentó retroceder pero ya era demasiado tarde. Lo esperaban los hombre en piyamas negros, con las caras cubiertas por pañuelos que hirieron a golpes y garrotazos al zhong yi, quien intentó defenderse y proteger a su nieta con sus conocimientos de artes marciales, pero sucumbió ante los golpes mientras que la niña veía cómo seguían golpeando a su abuelo.

Tao Chi’en llegó vivo a los brazos de su esposo, dieciocho horas más tarde recuperó el conocimiento y a los pocos días pudo hablar, pero le habían partido la columna vertebral y en el caso improbable de que viviera, tendría la mitad del cuerpo paralizado. Entretanto, la nieta, olvidada de todos, se encogió en un rincón junto a la cama de su abuelo, llamándolo y sin entender porqué no le contestaba.

El zhong yi supo que en esas condiciones no podía ni deseaba vivir, así se lo manifestó a Eliza y le pidió que ya no le diera de comer o beber. Eliza le dijo que no era capaz de dejarlo morir de hambre porque eso podía demorar muchos días, así que Tao Chi’en le indicó dónde estaba cierto frasco azul que lo ayudaría a morir. Eliza llevó a Aurora a los brazos de su abuelo para despedirse mientras que ella lo llamaba desesperada y lo había mojado de lágrimas, hasta que la separaron de un tirón, la llevaron afuera y aterrizó en el pecho de su tío Lucky. Eliza hizo lo que tenía que hacer, le dio de beber del frasco, se acostó junto a su marido y lo besó largamente. Su último aliento se quedó con ella.

Epílogo

Si no fuera por Eliza, Aurora nunca hubiera descifrado los rincones sombríos de su pasado. Con las fotografías que tiene de su familia, mantiene vivos los recuerdos, pruebas de que esos personajes existieron y pudieron resucitar a su madre muerta cuando nació, a sus aguerridas abuelas y su sabio abuelo chino, a su pobre padre y a otros eslabones de la larga cadena de su familia, todos de sangre mezclada y ardiente. Aurora escogió el tono que más se ajusta para contar su vida: un retrato en sepia.

Personajes

Aurora: Personaje Principal. Narradora de la historia autobiográfica. De carácter tímido, aislado y sentimental. Recibe una educación libre pero la muerte de su abuelo la marca de por vida a través de una pesadilla que reaparece cada vez que se encuentra en situaciones de abandono y tristeza.

Paulina del Valle: Personaje principal. Abuela paterna de Aurora. Mujer muy hábil para los negocios y ambiciosa, de carácter fuerte e imponente en apariencia, pero en el fondo sentimental y dulce.

Severo del Valle: Personaje principal. Sobrino de Paulina y padre legal de Aurora. Hombre bueno de grandes valores y virtudes

Tao Chi’en: Personaje principal. Abuelo materno de Aurora. Emigrante Chino en los Estados Unidos, dedicado a la medicina oriental. De carácter noble, paciente, sencillo, amable, sabio, bondadoso y ante todo, generoso.

Eliza Sommers: Personaje principal. Esposa de Tao Chi’en. Mujer de carácter libre y viajero; amaba a su esposo con toda su alma

Frederick Williams: Personaje principal. Mayordomo, primeramente, y esposo, posteriormente, de Paulina del Valle. Hombre inglés de carácter reservado y cauteloso. Buen consejero y oyente. Se convierte en el único familiar sobreviviente de Aurora.

Personajes secundarios: Lynn Sommers, Matías Rodríguez de Santa Cruz, Nívea, Amanda Lowell, Diego Rodríguez, Matilde Pineda, Lucky.

Fuente