Resumen de Bestiario (Cortázar)


Casa Tomada

Irene y su hermano –el narrador- habitan una espaciosa casa que ambos mantienen limpia y ordenada. Su situación económica está resuelta por lo que prácticamente no salen de la casa. Los hermanos creen que fue la misma casa la que se opuso a que se casen pues Irene rechazó a dos pretendientes y al narrador se le murió una novia de nombre María Esther antes de cualquier compromiso. Este matrimonio de hermanos está consiente también de que ahí morirán dando fin a una costumbre que desde los bisabuelos se acostumbra.

Irene mataba el tiempo tejiendo. El narrador le procuraba los hilos los sábados, único día que salía al centro para buscar –en vano- novedades francesas en las librerías.

El narrador nos cuenta que cierta noche, mientras preparaba su mate (bebida típica de argentina) escuchó ruidos que le confirmaron una terrible noticia: una parte de la casa había sido tomada. Al darle la noticia a su hermana tuvieron que aceptar vivir con una parte de menos y prescindir para siempre de la parte tomada. Fue así como el narrador perdió su biblioteca e Irene algunos artículos personales. También hubo ventajas, la limpieza se simplificó y se acostumbraron a pasar más tiempo juntos, el dormitorio de Irene era por mucho, el lugar más cómodo del resto de la casa. El narrador por su parte cambio la lectura por las estampillas y así llegó a la conclusión de que Se puede vivir sin pensar.

Una noche los ruidos se escucharon de nuevo y cercaron a los hermanos. Se habían quedado en el zaguán únicamente con la ropa puesta y un tejido de Irene. Los ahorros se habían quedado en el dormitorio y todo fue tan rápido que no pudieron traer algo consigo. Afortunadamente el narrador tenía un reloj de pulsera por lo que abrazó a su hermana y salieron –de noche- a la calle. Antes de alejarse, el narrador cerró la puerta y tiró la llave para evitar que entre algún ladrón a esa casa tomada.

Carta a una señorita en París

El cuento es la misma carta, en ella, el narrador se dirige a una señorita de nombre Andrée con quien había hecho un acuerdo para cuidarle su casa mientras ella se iba a París. La carta no es en realidad enviada y el narrador la escribe sobretodo para explicarle a Andrée la razón por la cual encontrará su casa tan diferente de cómo la dejo. Diez conejos, vomitados cada uno en su momento por el narrador, son los causantes de una alfombra llena de pelusa, libros y muebles roídos así como de los destrozos –que el narrador procuro restaurar- de algunos objetos. Este, ¿vagabundo, amigo? nos relata desde la manera como los vomita, hasta la razón por la cual tuvo que quedarse con diez que duermen de día y viven de noche. La desesperación terminará por poseerlo y el narrador advierte sobre el cuerpo que descansará sobre los tejados y al cuál tendrán que quitar antes de que pasen los colegiales.

Lejana. Diario de Alina Reyes

Una mujer parece vivir en dos cuerpos. Alina Reyes escribe un diario, no es constante ni tampoco abundante, en él escribe sobre su gusto por los juegos de palabras –palíndromos, anagramas etc.- que acostumbra para conciliar el sueño. Uno especialmente le atañe: Alina Reyes es la reina y… sabe que las posibilidades de su otro yo son infinitas pero sospecha de algunas como ser mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango. También siente que la nieve le entra por los zapatos y que le pegan. Todo eso lo escribe en su diario. También escribe de su amiga Nora y su pretendiente Luis María y de cómo se sintió mal delante de ella, pues seguramente la otra, la lejana, era golpeada en esos momentos. A menudo se sentía así pero pronto, los sueños se volverían más claros; ahí, en Budapest, alguien de nombre Rod la golpea porque la ama y ella se deja golpear exactamente por la misma razón. Alina escribe su determinación: casarse con Luis María y pedirle que de luna de miel la lleve a Budapest para que salga ella misma en su propio encuentro. En el fondo tiene miedo de encontrase en algún puente de la ciudad. Los hechos se cumplen uno a uno, en enero se casan y para el seis de abril se encuentran en Budapest. Antes, en febrero, Alina la siente sufrir otra vez luego de una relativa ausencia. Entonces decide dejar de escribir su diario, pues una o se casa o escribe un diario y lo termina con la seguridad de que en aquel puente donde se encuentren, ella saldrá victoriosa por encima de la otra.

Para finalizar, un narrador nos cuenta que Alina Reyes de Aráoz salió del hotel donde se hospedaba con su esposo, del cual se divorciaría en dos meses más, y caminó por las calles sin rumbo fijo, caminó por las frías calles y entonces se dio cuenta de su mal abrigo. Cruzó un puente en donde se encontró con una harapienta mujer de pelo negro que la veía con extrañeza. Ambas mujeres se abrazaron, la otra lloró. Alina se alejó del puente con un dejo de gratitud y mucho frío en sus pies pues la nieve entraba por sus zapatos rotos.

Ómnibus

Ana sale de su casa para encontrase con su amiga Clara. Para llegar a su destino tiene que abordar un ómnibus que desde el momento de abordarlo, se siente escudriñada por la tripulación –un guarda y el chofer- y los pasajeros. Clara les mantiene la mirada y nota entonces un hecho curioso, todos portan distintos tipos de flores y todos, en mayor o menor medida, no le quitaban la vista de encima cual si vieran lo más natural del mundo. El ómnibus hace parada, nadie baja y sube un joven que paga una distancia similar a la de Clara. Nuevamente, la tripulación y los pasajeros concentran su atención en el nuevo pasajero quien le resta importancia al asunto. Ahora las miradas se dividen entre Clara y el recién llegado que por unos instantes, fija su atención en Clara. El guarda anuncia la siguiente parada: un cementerio conocido como la Chacarita entonces el ómnibus se vacía de flores y de gente. El joven espera que salgan todos manteniéndole la mirada al chofer y cambia de asiento junto a Clara. Los jóvenes platican, su destino es el mismo, ambos le sostienen las miradas a los tripulantes. Su plática nace natural aunque estéril, no así el contacto que empieza tímidamente para terminar con las manos agarradas. Los dos sienten algo de miedo pues se saben los únicos pasajeros y la extraña actitud del chofer y el guarda casi les provoca un accidente.

Pronto un grupo de patrullas los sigue. Policías tratan de detener en vano, al ómnibus que continua su recorrido a toda prisa. Clara y el joven platican de lo grave de la situación pero con un oportuno salto, llegarán a su destino –pues pagaron por ello- en el momento adecuado. La pareja salta y se toma del brazo, abajo, el se desprende de ella para comprar flores, un ramo para cada uno.

Cefalea

Las mancuspias requieren de especiales cuidados para su reproducción. Leonor y el Chango se encargan de cuidarlas y venderlas lo cual les asegura bienestar por todo el invierno. Las mancuspias están llenas de sagacidad y malevolencia, las más atrasadas reclaman alimentación especial y les llevamos avena malteada. Algunas explicaciones sobre el cuidado de las mancuspias refiere el narrador a continuación. La manera de aparearse, la alimentación, el cuidado del pelaje, el cuidado de su peso, todo es documentado para los posteriores estudios del doctor Harbín una vez que todos regresen a Buenos Aires. Los pronósticos de las ventas de las pequeñas mancuspias mantienen un aire optimista en todos a pesar de que Leonor y el Chango abandonaron el proyecto. Incluso las mancuspias han resentido la ausencia de sus protectores y los torpes cuidados de los que se quedaron.

Una noche son despertados por los alaridos de las mancuspias, a la mañana siguiente, fuertes golpes en la puerta dejan que las zapatillas se pongan sus pies. Es la policía que informa del arresto por robo y abandono del Chango.

Los policías se van, todos saben que se tienen que ir a buscar alimento pero el caballo está cansado por lo que salen con lentitud. De lejos todo se ve bien, quizá una rata fue la culpable de los ruidos nocturnos.

Se abren los corrales a pesar de que queda poca comida y se contempla a las mancuspias que pelean entre ellas y se tienen que separar con látigos y golpes. Posteriormente hubo problemas con la lactancia de los pequeños.

Nuevamente cae la noche, alguien tiene que ir al pueblo pues las medicinas –de las mancuspias y de ellos mismos se han terminado- algunos piensan que se tienen que vender de inmediato, otros dudan en su venta. De noche regresan los alaridos y las cefaleas (parcial dolor de cabeza) de los cuidadores. La sensación de que algo viviente camina en círculos dentro de la cabeza se apodera de todos, sin luz, sin alimentos, sin medicinas y con los alaridos de las mancuspias por el hambre.

Circe

Todos hablaban de Delia Mañara, todo mundo hablaba de la joven y sus dos novios muertos. Ahora, un tercer pretendiente la buscaba aventándole piedrecitas a su ventana. Mario había cumplido los 19, Delia pasaba los 22 y conservaba el luto por Héctor aún así, aceptó con respeto la nueva amistad. Muchas cosas se contaban de Delia, se sabía por ejemplo que todos los animales parecieran sometidos a su juvenil belleza y que algunos sostienen que de niña jugaba con las arañas. También es cierto que nadie habló del primer novio, de nombre Rolo, cuya existencia terminó por fallas cardiacas, pero luego de la muerte de Héctor –a mano propia- la gente comenzó a sacar conjeturas. Mario escuchó algunas y esperaba escuchar la versión de Delia de viva voz sin embargo, ni ella ni sus padres tocaban el tema; ni Rolo ni Héctor eran mencionados en sus reuniones. Solo hablaban de lo novedoso del día y los deliciosos licores que Delia preparaba. Esa tarde ascendieron a Mario en su trabajo y había llegado con bombones. Para su sorpresa, Delia también sabía hacer aquellos dulces.

A partir de ese día, Delia recibió sustancias, filtros y embudos para que experimentara con nuevos sabores y concentrados. Un día consiguió el licor de concentrado de naranja que fue disfrutado por Mario ya que los Mañara no quisieron probarlo: estaban seguros de que les caería mal. Mario fue catador de sus avances y cuando intuyó que la economía familiar había decaído, se ofreció surtirle de esencias y sustancias. Delia aceptó con un beso en la mejilla. Su boca olía despacito a menta. Luego tocó el piano como nunca y le pidió que volviera.

Los Mañara no vieron con buenos ojos el recién iniciado romance de su hija. Delia continuó experimentando con sabores pero ahora, sólo le daba a probar a Mario ante el asombro silencioso de sus padres. Cierto día, Mario le pidió que se casara con él en otoño. Delia lo vio entonces como su tercer novio.

El recibimiento de los futuros suegros fue caluroso e íntimo, sin embargo, tanto los Maraña como Mario daban la impresión de haber querido decirse algo. Algo que se quedo en el silencio.

En las siguientes semanas, Mario recibió algunos anónimos que hacían referencia a las muertes de Rolo y Héctor. Luego sospechó que también Delia los recibía pues un estado ligeramente alterado la delataba. Trato de hablar con su padre quien sin embargo le aconsejó que no se preocupara y que esa misma actitud le vio antes de que se le murieran los otros.

En la siguiente reunión familiar, pensó que Delia sospechaba algo pues lo recibió más parlanchina que nunca. Mario pensó que terminaría hablando pero al igual que su pasado, Delia evadió el tema por completo. La noche siguió su curso y los suegros no mostraban señales de irse a acostar hasta que finalmente, y luego de un concierto de valses criollos por parte de Delia, se despidieron del yerno. Entonces Delia le ofrece un nuevo sabor, un nuevo bombón que probar, Mario lo toma con sus dedos y lentamente se lo lleva a la boca ante aquella mirada fija y ansiosa. Luego baja la mano y aprieta el bombón que dividido en dos es lanzado hacía la cara de Delia. La joven es atacada por un acceso de hipo que es tratado de apagar por Mario apretándole el cuello. Mario sólo quiere que se calle, que se callen sus sollozos y su hipo, atrás deja en la cocina a un gato con astillas en los ojos agonizando y la sensación de que los Maraña se encontraban atrás de la puerta, atrás de la puerta escuchando como la deja caer sobre el sofá tose y tose pero viva. Mario siente pena por ellos, después de todo era ahora el tercer novio que se iba y la dejaba.

Las puertas del cielo

Un casto triangulo amoroso es formado por el abogado con doctorado Marcelo, y sus amigos Mauro y Celina. La historia es narrada por el doctor y comienza cuando recibe la noticia de la muerte de Celina. Durante al traslado al velorio, escucha los pormenores del incidente. La tuberculosis había terminado finalmente con ella entre vómitos de sangre y la impotencia –y carácter violento- de Mauro.

Marcelo no puede contemplar por mucho tiempo la imagen de Celina y decide visitar a Mauro quien lloraba desconsolado. Pero en el fondo, Marcelo no se encontraba ahí, se encontraba con Mauro y Celina en el carnaval de 42, Marcelo nos cuenta de cuánto le gustaba acompañarlos y ser testigo de su dura y caliente felicidad. Luego del entierro, Marcelo realiza un viaje. En el tren, dos bailarinas del Moulin Rouge le recuerdan a Celina y el gesto de Mauro de sacarla de cantante y bailarina de la milonga (lugar donde se escucha y cantan las milongas que son composiciones emparentadas con el tango en Argentina) del griego Kasidis. Sin embargo, Celina no olvidaba sus orígenes que tuvo que dejar al casarse con Mauro que se desempeñaba en un puesto de la central de abastos, por eso tenía que acompañarla, a menudo, a milongas y tugurios a cantar y a bailar y ahí iba con ellos su amigo el doctor después de todo el contento de Celina alcanzaba para los dos, a veces para los tres.

Marcelo visita a Mauro y lo invita a distraerse yendo a alguna milonga de por ahí.

Mauro acepta de inmediato y van aun lugar llamado el Santa Fe Palace que fue de los pocos lugares al cual nunca había llevado a Celina. Llegan y comienzan a beber mientras observan a las milongueras como se divierten y escuchan las sentidas canciones y fuman el tabaco del ambiente. Inevitablemente los recuerdos llegan: Marcelo supone que Kasidis contrató a Celina para satisfacer a cierto sector de su clientela, él mismo no la conoció cuando trabajaba para el griego pero visitó el lugar después. Celina había nacido para el tango, se le veía en las caderas y en la boca. Se había ido con Mauro porque lo quería pero también hubiera querido quedarse. Mauro tuvo deseos de bailar y ebrio de nostalgia salió con una negrita alta y bella, Marcelo continuaba con sus recuerdos.

Mauro regresa a la mesa con Emma y se ponen a platicar, de pronto, un tango los arranca del lugar y los transporta –a cada quien- a sus esencias. Emma invita a bailar a Mauro pero también se encuentra lejano, y como se encontraba frente a dos hombres idos y ausentes se excusa y se va. Ahora pareciera que Celina misma estaba ahí, bailando desgarrada ora de perfil ora del otro. Al término de la milonga Mauro se levanta y se lanza en pos de ese sueño que se materializó frente a ellos. Marcelo se fuma un rubio –cigarro- con calma y observa el paso borracho de Mauro que se pierde entre el humo y la gente.

Bestiario

Isabel será mandada a pasar el verano a casa de los Funes. Inés y su madre se lo dicen con las miradas tristes. Ambas consideran lo saludable que representa el viaje para ella salvo un pequeño detalle que las afectaba, no tanto por el tigre. La casa tan triste, y ese chico solo para jugar con ella…

Isabel viaja y piensa en las cariñosas manos de Rema –la menor de los Funes- y en Nino cazador de cucarachas, Nino sapo, Nino pescado.

Fue instalada en un cuarto entero para ella. Para la cena se instalaron así: Luis en la cabecera, Rema y Nino por un lado y el Nene e Isabel por el otro. Había pues un mayor de frente y un chico y un grande a los lados. Al segundo día, un peón les avisó que el tigre se encontraba en el jardín de los tréboles.

Isabel y Nino jugaban en el bosque de los sauces, el jardín de los tréboles o en la costa del arroyo. En el estudio de Luis –el filósofo- no jugaban y si éste ofrecía a su hijo algún libro de imágenes, era sacado del estudio para apreciarse. La casa era triste e Isabel no alcanzaba a comprender que no era por ella misma la invitación, sino por Nino, sólo para alegrar a Nino. Luego, pasaron una estupenda semana criando bichos y comprendiendo el microscopio que Luis le había regalado a Nino. Isabel realizaba meticulosas anotaciones con los experimentos que realizaban. Fue tal el avance e interés que Nino e Isabel demostraron que pronto le pidieron a los adultos todo lo necesario para montar un herbario.

Isabel y Nino salieron a cazar hormigas, un peón no comprendió su propósito y se burló un poco de ellos. Isabel deseó que Nino se hubiera enojado, que el hijo del patrón hubiera puesto en su lugar a ese peón pero nada sucedió.

Rema no los espiaba pero siempre que pasaba por los dormitorios volteaba a verlos y los encontraba absortos delante del formicario –casa artificial de hormigas donde se puede estudiar su comportamiento y hábitos- Los dos pasaban horas estudiándolo e Isabel continuo anotando toda evolución de las hormigas negras, imparables y furiosas trabajadoras. Pero al poco tiempo, Nino deseó volver al jardín no así Isabel que hasta ese momento consideraba que nada superaba al formicario.

En una mañana de siesta y ocio, jugando en el jardín con una pelota, Isabel se sintió por primera vez feliz de pasar el verano en casa de los Funes y todo tuvo de pronto significado. Al golpear la pelota rompe un vidrio del estudio del Nene que sale enojado. Nino se echa la culpa: fue sin querer tío. Pero aun así y de pronto, el Nene ya se encontraba abajo pegándole a Nino y retando con la mirada a Rema. Esas fueron las imágenes que Isabel se llevo por la noche a su dormitorio luego de un completo disimulo de cena. No fue su madre ni Inés, fue Nino llorando desconsolado. Isabel recuerda al formicario, entonces busca cerillos y la vela de noche. Su sorpresa es mayúscula al encontrarlos trabajando: como si no hubieran perdido todavía la esperanza de salir.

Don Roberto, el capataz, avisaba siempre de los movimientos del tigre y disfrutaba de la plena confianza de Luis. Era quien decía adónde ir y cuándo. Isabel le escribe una carta a su madre donde le cuenta de don Roberto y las actividades que realiza con Nino, también le cuenta de Luis pero duda en platicarle de lo triste que Rema se encuentra.

Una noche, llena de bichos y humedad, un enorme insecto se plantó en el mantel, Nino e Isabel le pusieron un vaso encima y se pusieron a estudiarlo. Rema pidió que tiraran al bicho. Luis lo consideró un buen ejemplar. El Nene refunfuñaba detrás del periódico. Los chicos se quedaron con Rema mientras los hombres pasaban a su estudio. Nino se despidió pidiéndole a la tía Rema que le contara un cuento. Luis pasó también a despedirse. Rema le volvió a pedir a Isabel que tire al bicho antes de acostarse. Al pasar a despedirse del Nene, éste le pide a Isabel que pase primero con Rema y que le diga que le lleve una limonada y luego se vaya directo a su cuarto. Isabel va con Rema y le da el recado. Rema le pide a Isabel que ella misma le lleve la limonada sin importar lo que el Nene haya dicho. Esta bien fresca Nene es lo que le responde al Nene al pedirle una explicación a esto. A la siguiente mañana, Isabel no fue para Nino le excelente compañera que había sido, fueron al río a buscar caracoles pero Isabel estaba distante pensando más bien en lo chico que se veía Nino al lado de sus caracoles. Nino le regalo el más lindo a Rema. En la comida todos hablaron sobre los caracoles, los vieron entre ellos de distintas maneras. El tigre había estado por la mañana cerca de ahí y ahora Isabel salía a buscar a don Roberto a pesar de que el mismo había dicho dónde estaría. De regreso Luis pregunta con la mirada e Isabel responde que se encuentra en el estudio del Nene. El convivio continuó. El nene seguía leyendo su periódico, Rema y Nino jugaban con los caracoles y Luis bebía su café. El Nene se despide quejándose de no poder usar su estudio y se va a la biblioteca. Los caracoles distrajeron a Isabel al grado de no oír el primer alarido del Nene, los gritos de los demás al llegar a la biblioteca y los perros amarrados por don Roberto. Luis gritando y tratando de entender lo que sucede y Rema pasando su mano con gratitud sobre la de Isabel.

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